01/10/2026
Yo me he trabajado esta semana el lenguaje del marketing en la moda. Un Jean Patou, una Suzanne Lenglen, una identidad de marca, un atracón de glamour… El detonante: una botella que encontré en el Rastro de Madrid con un JP grabado en el tapón. Tirando de estas dos letras encontré a Jean Patou.
Vestir en 1921 a una de las grandes estrellas internacionales del tenis fue una jugada brillante. Patou era un tío espabilao. No una modelo enseñando ropa en un salón, no: una mujer ultrafamosa, espectacular, compitiendo delante de miles de personas con faldas cortísimas y bandeaus insinuantes, correteando que te correteaba sobre la pista, vestida de Patou como una proto-influencer de moda.
El diseñador, hace más de cien años, entendió algo que hoy todavía nos cuesta asimilar: para vender moda no bastaba con diseñar ropa. Había que construir deseo alrededor de ella.
Y aquí entra en juego mi botella de Amour Amour, uno de los tres perfumes que Patou lanzó junto a Que Sais-je? y Adieu Sagesse. No creó simplemente tres fragancias distintas. Segmentó a sus consumidoras en tres tipos reconocibles —rubia, morena, pelirroja— y convirtió la elección del perfume en una pequeña declaración de identidad: ¿cuál de estas mujeres eres tú?
Y no se quedó ahí. En su maison llegó a montar un bar de perfumes, un espacio donde las clientas podían probar y elegir sus fragancias como parte de toda la experiencia del universo Patou.
El monograma JP, los perfumes, los muestrarios, el packaging, la publicidad… me fascinó. Cuanto más investigaba, más veía la maquinaria de una marca de moda contemporánea empezando a funcionar.
Cien años después seguimos haciendo exactamente lo mismo, solo que ahora lo llamamos identidad de marca y hacemos un máster.
Llevo un chaleco de traje de señorona de los años 90, creo, y lo encontré en estefaniavintagestyle. La bisutería es de los Levi’s 501 del Rastro y las Camper Junction de puntera intercambiable son de Vinted.