07/10/2015
POR QUÉ Y PARA QUE NOS VESTIMOS
Todos los días al levantarnos repetimos el ritual de elegir la ropa que nos acompañará. Repasamos las actividades que haremos durante la jornada para decidir el atuendo más adecuado. Una entrevista laboral requiere una particular atención al vestir. Una fiesta o una cita con alguien que nos gusta nos impulsan a elegir las prendas que luciremos con especial interés y dedicación. La ropa y los accesorios que nos acompañan parecen tener en nuestras vidas una importancia mayor de la que solemos atribuirle. ¿Qué se esconde detrás del acto de vestirse?
La pregunta ha desvelado a antropólogos, etnólogos, semiólogos y religiosos, y también a simples mortales, y las respuestas son variadas. En primer lugar, nos vestimos para abrigarnos y protegernos. Pero el maquillaje, los tatuajes, los accesorios, no están ligados a necesidades de abrigo. Hay pueblos que no se visten, pero no hay pueblos que no se adornen. De modo que también nos vestimos para adornarnos y embellecernos. La ropa nos permite, asimismo, diferenciarnos, mostrar rangos, ocupaciones, pertenencias, identidades. Para mencionar un ejemplo de la historia, en el antiguo Egipto, mientras que los esclavos iban desnudos o con un diminuto taparrabos, los miembros de las clases altas usaban gran cantidad de ropa, no para abrigarse (Egipto es un país africano con temperaturas generalmente elevadas) sino para llamar la atención sobre su poderío social.
Desde la religión, el pudor se presenta como otra de las razones de la vestimenta: nos vestimos para cubrir las zonas vinculadas al placer y la reproducción. Pero también, desde una posición que parece enfrentada a la teoría del pudor aunque está emparentada con ella, podemos decir que nos vestimos para atraer y para seducir. En líneas generales, nos vestimos para agradar, para sentirnos aceptados y queridos.
La ropa es un medio de contar cosas sobre nosotros y nuestras expectativas, y una forma de comunicación no verbal. Nos vestimos para mostrarle al mundo quienes y como somos. Y si somos seres sociales y vivimos en una sociedad que nos impone reglas, también somos seres únicos e irrepetibles, con características propias que la vestimenta puede potenciar para no convertirnos en un producto de molde, masivo, repetido, vulgar. En esa contradicción nos movemos: entre la necesidad de pertenecer y ser aceptados y la de diferenciarnos.
Tal como está el mundo, las mujeres vivimos esa contradicción con más intensidad que los varones. Nos vestimos para los otros y en cada oportunidad tratamos de ofrecer una imagen adecuada a las circunstancias, pero el destinatario último de nuestro atuendo somos nosotras mismas: nos vestimos para sentirnos bien, seguras, armoniosas. Podemos lucir un vestido caro e importante, pero, si no combina con nuestro espíritu y nuestro estado de ánimo, desentona. Solo se nos sentimos bien con nosotras mismas y con el atuendo que llevamos podemos proyectar una imagen positiva.
Texto del Libro: Secretos del Vestidor
Autora: Carolina Aubele