27/01/2026
Pasaron días sin hablarnos y luego semanas, como si el silencio fuera una tregua pactada. Hasta que una noche, sin aviso, apareció su nombre en la pantalla. No dijo nada explícito, no lo necesitaba. Bastó una frase corta para que todo volviera a acomodarse en el mismo lugar incómodo y familiar.
No regresó desde la urgencia, sino desde la claridad. Me dijo que no podía deshacer lo que ya sabía, que después de nombrarlo nada volvió a sentirse igual. Yo no celebré, tampoco huí. Le respondí con la misma honestidad con la que había empezado todo, sin exigir, sin prometer, sin empujar.
Esta vez no jugamos a encendernos por deporte. Hablamos desde un lugar más desnudo, menos impulsivo, más consciente del riesgo. No porque quisiéramos cruzar la línea de inmediato, sino porque ya sabíamos exactamente dónde estaba, y cuando dos personas reconocen eso al mismo tiempo, el verdadero vértigo no es caer… es decidir cuánto más pueden sostenerse ahí.
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