Historias del Alma

Historias del Alma Somos historias del Alma, historias que marcan un antes y un después. Tienda online de ropa para toda la familia. También hacemos envíos al interior.

Si tienes alguna historia que contar, puedes mandarnos, y de manera anónima podemos hacer que otras personas aprendan o se sientan identificadas.

22/08/2026

Carmen era el pilar de un hogar de cuatro. A pesar de trabajar incansablemente para cubrir los gastos de la casa, su esposo apenas aportaba con un empleo mediocre y una actitud ausente. Para él, la responsabilidad de ser padre y compañero no existía; Carmen era prácticamente la cabeza de todo. Un día, sintiéndose un agotamiento inusual, decidió ir sola al médico para un chequeo general. Allí recibió la noticia que cambiaría su destino: tenía cáncer de mama. Impactada, tomó la decisión de guardar el secreto. No quería alarmar a sus hijos —un varón y una jovencita de 18 y 20 años— ni preocuparlos mientras ellos comenzaban a trazar sus propios caminos de vida. Prefirió decirles que solo se trataba de cansancio acumulado y estrés por el trabajo.
​Ocultando sus crecientes dolores y el peso del diagnóstico, Carmen prefirió no someterse a quimioterapias para que sus hijos no notaran el deterioro ni los efectos secundarios. Siguió con la rutina diaria como si nada pasara. Sin embargo, la tensión acumulada explotó la tarde en que su esposo le armó un reclamo absurdo por no haber sacado la basura. Aquella tontería fue la gota que derramó el vaso. Mirándolo a los ojos, Carmen sintió que ya no podía callar más: le dijo que no lo soportaba, que él no aportaba nada a la casa y que quería que se fuera para siempre para vivir su vida a su ritmo. Sorprendido, él le preguntó qué pasaba, pero ante las verdades tajantes de Carmen, no le quedó más que hacer su maleta e irse sin saber nada de la enfermedad.
​Aunque sus hijos sufrieron al ver la separación de sus padres, la partida del esposo trajo para Carmen una etapa de plenitud desconocida. Se liberó de un peso mu**to. Disfrutó de una felicidad y una libertad absoluta: por primera vez podía tomar decisiones sin pedir permiso a nadie, manejar sus tiempos, cocinar lo que deseaba o quedarse en silencio en la sala pensando lo que quisiera sin tener que rendir cuentas. Paseaba por las tardes, disfrutaba del sol y experimentaba una paz profunda al saberse dueña de su propio espacio.
​Durante esos meses de libertad, se encontró en una cafetería con una buena amiga. Al verla demacrada y más delgada, la amiga le preguntó qué le ocurría. Carmen terminó confesándole todo: el cáncer de mama, su separación y su rotunda negativa a recibir tratamiento, prefiriendo vivir tranquila hasta donde Dios lo permitiera. Asustada, su amiga la confrontó, le pidió que confiara en la ciencia y en los avances médicos para prolongar su vida, recordándole que aún le quedaba mucho por recorrer. Carmen prometió pensarlo, aunque en el fondo prefería dejar las cosas como estaban.
​Pocos días después, la enfermedad cobró su factura. Una mañana, invadida por un cansancio repentino, Carmen se desmayó en la cocina mientras preparaba el desayuno. Su hija menor corrió a socorrerla y llamó a la ambulancia. En el hospital, los médicos le revelaron la verdad a los dos hermanos: su madre tenía cáncer de mama y se había negado a recibir tratamiento. Entre lágrimas, frustración y un profundo enojo por el silencio de su madre, los jóvenes hablaron con ella. Le lloraron, le rogaron que no se rindiera y le explicaron que tenía un 50% de probabilidad de vencer la enfermedad. Moviéndose por el dolor de sus hijos, Carmen aceptó someterse a la quimioterapia, pero bajo un pacto: solo lo haría por ellos, pero si el tratamiento no funcionaba y su salud empeoraba, debían respetar su voluntad de detener todo y dejarla decidir sobre el final de su vida. Los hijos, entre sollozos, aceptaron la condición.
​Carmen inició el tratamiento con fortaleza, rodeada del amor incondicional de sus dos hijos, quienes no se apartaron de su lado. Con el paso de los meses, las quimioterapias resultaron difíciles, pero la vitalidad de Carmen comenzó a dar sorpresas a los médicos. El tumor se redujo notablemente y el tratamiento fue un éxito. Carmen no solo recuperó la salud, sino que comprendió que la libertad que había ganado al separarse de su esposo era la misma fuerza que le permitió sobrevivir. Aceptó la segunda oportunidad de la vida, no como un sacrificio, sino como el comienzo de una etapa donde por fin pudo disfrutar de sus hijos y de su propia libertad sin cadenas.

21/08/2026

Desde muy joven, Beatriz descubrió que tenía un poder especial en la mirada y en la sonrisa. No era solo belleza; era una fuerza en el pecho, un deseo incontrolable de sentirse deseada y de tenerlo todo. Para ella, los hombres casados eran su mejor presa. Le fascinaba ver cómo hombres serios, con familias y vidas perfectas, se olvidaban de todo cuando ella los miraba de cerca.
​Disfrutaba planear cada encuentro. Se citaban en los hoteles más finos de la ciudad, de esos con sábanas de seda, luces suaves y copas de champán esperándolos. A ella le encantaba hacerlos sentir como si fueran los únicos hombres en el mundo, susurrándoles al oído, haciéndoles creer que nadie los entendería jamás como ella. Los hombres se sentían poderosos y vivos a su lado, pero para Beatriz el juego terminaba en cuanto lograbatenerlos completamente a sus pies. Cuando ellos estaban dispuestos a dejarlo todo por ella, a Beatriz simplemente le aburría la rutina y los abandonaba sin mirar atrás.
​Su ambición no tenía límites. Cuando conoció a una mujer millonaria que se enamoró perdidamente de ella, Beatriz no dudó en aceptar todo lo que le ofreció. Vinieron las joyas carísimas, los autos del año, las casas enormes y los viajes por el mundo. Durante años vivió una vida de ensueño, sintiéndose la dueña absoluta del universo.
​Pero los años pasaron sin dar tregua. Poco a poco, las primeras arrugas aparecieron y la firmeza de su rostro empezó a cambiar. Para Beatriz, perder su juventud fue perderlo todo. Ya nadie se volteaba a mirarla en los restaurantes caros, ni los hombres poderosos perdían la cabeza por ella. El silencio de su gran casa se volvió insoportable y la soledad la consumía por dentro. El dolor de sentirse olvidada y vieja era más fuerte que cualquier cosa que hubiera sentido antes.
​Una noche, rota de tristeza y sin ganas de ver un mañana donde ya no fuera admirada, Beatriz sirvió su copa de licor. Comenzó a tomar pastillas, una tras otra, mezclándolas con el alcohol hasta que la cabeza le dio vueltas y el cuerpo se le volvió pesado. Se emborrachó buscando apagar ese sufrimiento que le quemaba el pecho, hasta que finalmente se dejó caer al suelo.
​A la mañana siguiente, la mucama abrió la puerta de la habitación como todos los días para limpiar. Al entrar, vio a Beatriz tirada en el piso, vestida con sus mejores ropas y rodeada de sus joyas. Corrió a buscar ayuda, pero ya era demasiado tarde. El corazón de la mujer que lo tuvo todo se había detenido para siempre.

21/08/2026

Ella siempre sostuvo una teoría tan precisa como cobarde: una mujer casada no busca un amante para destruir su hogar, sino para armarse de valor y volver a él cada noche. Durante cuatro años, esa lógica impecable fue su anestesia. Cada martes a las cinco de la tarde, la rutina se cumplía con exactitud. Dejaba el auto en un estacionamiento subterráneo, cruzaba el vestíbulo de un edificio discreto en el centro y subía hasta el departamento de Gabriel. Él era su paréntesis secreto, la tregua necesaria para soportar la rutina, la desconexión con su esposo y esa sensación constante de haberse vuelto invisible en su propia casa.
​Lo que nunca entendió sobre los paréntesis es que solo sirven para aplazar el punto final.
​El último martes la ciudad estaba colapsada por la lluvia. Llegó al departamento y, como siempre hacía en el ascensor, se quitó el anillo de boda para guardarlo en el bolsillo secreto de su cartera. Al abrir la puerta, Gabriel no la esperó con la sonrisa tibia de siempre ni con la copa de vino servida. Estaba de pie junto al ventanal, con una maleta pequeña de cuero al lado de sus pies. Sobre la mesa del recibidor descansaba la llave que ella le había duplicado hacía tres años.
​No hizo falta que él dijera una sola palabra. Bastó la distancia helada en su mirada para entender que todo había terminado.
​No hubo escenas, ni gritos, ni reclamos por las noches en que ella se iba temprano, ni por las vacaciones que pasaba con su familia mientras él se quedaba solo. Con una serenidad devastadora, Gabriel la miró a los ojos y luego fijó la vista en la cartera de ella, donde sabía perfectamente que descansaba la alianza.
​Esa tarde ella entendió que él no estaba enojado; simplemente se había cansado. Se había cansado de ser el secreto guardado en los bolsillos, de ser el refugio a tiempo parcial para una mujer que solo lo buscaba para recargar aire antes de volver a la vida real. Él comprendió antes que ella que nunca iba a irse de su casa, que no la ataba el compromiso con su esposo, sino la cobardía de no querer pagar el precio de una elección.
​En absoluto silencio, Gabriel tomó su maleta, pasó a su lado sin rozarle la ropa y cruzó el umbral. Se escuchó el sonido metálico de la puerta al cerrarse detrás de él y el chasquido del cerrojo.
​Ella se quedó sola en la entrada. Buscó en la cartera el anillo de boda, aún frío por el tacto de su mano, y se lo volvió a poner despacio. Miró las llaves sobre la mesa y comprendió que el paréntesis se había cerrado para siempre, dejándola atrapada exactamente en la misma vida de la que tanto intentó huir.

20/08/2026

Durante años, la vida de Clara y Julián se midió en planes compartidos y una complicidad que parecía inmune al tiempo. Se amaban con esa certeza tranquila que no necesita grandes demostraciones públicas. Cuando descubrieron la prueba de embarazo positiva en una mañana luminosa de primavera, el futuro dejó de ser una abstracción para convertirse en una cuenta regresiva de nueve meses llena de ilusión.
​Compraron una cuna de madera clara, pintaron la habitación del bebé con tonos suaves y pasaban las noches imaginando la cara de la niña que estaba en camino. Para Julián, la pequeña vida que crecía en el vientre de Clara no era solo una promesa, sino el centro absoluto de su universo. Se volvió infinitamente atento, memorizando cada control médico y velando el descanso de su esposa con un cuidado casi sagrado.
​Sin embargo, el destino suele desplegar su crueldad en los días más pacíficos. En el séptimo mes de gestación, un dolor repentino y una hemorragia severa transformaron una tarde ordinaria en una carrera desesperada hacia el hospital.
​El traslado en la ambulancia fue un laberinto de sirenas y luces rojas que cortaban la penumbra. En la sala de emergencias, los médicos actuaron con la prisa trágica de quienes luchan contra el tiempo. Tras horas de angustia e intervenciones complejas en el quirófano, los doctores salieron para entregar una noticia que dividió el mundo de la pareja en dos.
​La pequeña recién nacida, aunque frágil y diminuta, logró aferrarse a la vida gracias a los cuidados intensivos. Pero el cuerpo de Clara, debilitado por complicaciones irreparables durante el parto, no resistió. Ella se despidió en silencio antes del amanecer, dejando un vacío helado en aquella habitación de hospital.
​Semanas después, Julián regresó a la casa cargando un portabebés entre los brazos. El silencio de la entrada lo recibió como un impacto físico. Caminó despacio hacia la habitación del fondo, donde la cuna de madera clara esperaba bajo la luz tenue de la tarde.
​Se sentó en el sillón tapizado que Clara había elegido para amamantar, acomodó a la pequeña sobre su pecho y sintió el ritmo suave de su respiración. Al contemplar los rasgos de su hija, reconoció de inmediato la misma curva en las pestañas y la forma de las manos de la mujer que ya no estaba. Sosteniendo a su bebé en la soledad de la casa vacía, entendió que el amor más profundo de su vida no se había extinguido, pero que ahora viviría para siempre entrelazado a un duelo eterno.

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