08/22/2019
Un articulo sobre el valor antropológico del futbol para nuestra humanidad (mujeres y hombres) que intentaba responder a esta pregunta complejadurante la Copa mundial de futbol masculino 2018:
Por qué ese valor universal del futbol se ha negado a las mujeres?
Fútbol: poesía escrita con el cuerpo
Por BEATRIZ VÉLEZ
Socióloga y Máster en investigación de la Universidad
de Antioquia. Ph. D. en antropología histórica de la Universidad Libre de Berlín
¿Por qué a las mujeres se les ha bloqueado el acceso a esa humanidad que procura el fútbol? ¿Por qué el valor antropológico que le reconocemos a ese juego, irrita la mirada pública cuando él se encarna en la corporeidad de ellas? ¿Por qué la imagen de las jugadoras sudorosas, despeinadas y en plena acción de precisión técnica y gestual, esforzadas en ofrecer al público un buen partido, todavía no es admitida plenamente como bella?
La copa mundial de fútbol masculino es promovida oficialmente por los beneficios político económicos que aporta a las naciones y a ciertos particulares, así como por sus efectos sobre la población. Tal evento facilita encuentros de proximidad corporal con el otro, que son excepcionales en una sociedad obstinada en trazar distancias físicas entre sus miembros.
La compleja realidad que nombra el fútbol desafía el pensamiento. Los hechos de juego, entendidos como experiencias encarnadas, auguran una modalidad de historia desconocida en la tradición académica. Para comprenderlos necesitamos nuevos útiles de conocimiento, orientados a valorizar el ejercicio de facultades como la sensibilidad, la imaginación, la creatividad, la ensoñación. Requerimos un pensamiento dispuesto a cuestionar aun el pregón cristiano “Y el Verbo se hizo carne”, porque la materia prima del juego, el cuerpo en acción y en caliente, antecede a la narración hecha en frío por los jugadores, técnicos, analistas y espectadores.
Parafraseando a Edgar Morin (El Paradigma perdido, 1973) diríamos que en el fútbol se actualiza nuestra complejidad de animales proclives a sucumbir bajo las fuerzas de sus propias fuentes creadoras de desorden: la ambigüedad entre real e imaginario, la inestabilidad psico-afectiva, la ubris, etc.
El juego, regido por el principio demencial de utilizar el pie y prohibir la mano para controlar un balón que rueda a 150 km/h, codiciado por 20 jugadores, parece elogiar la inversión del mundo. La adaptación a tal principio origina movimientos inusitados y de alta complejidad técnica: recibir el balón con los pies en el aire y la cabeza a ras del suelo, saltar, cabecearlo y aplicarle la dirección correcta de pase o de gol, hablan de una poesía escrita con el cuerpo.
La excelencia corporal alcanzada durante el juego nos devuelve en espejo toda la gama de matices de nuestra humanidad, nos permite re-encontrar los fulgores de nuestra hermandad carnal, de nuestra condición común de ser hijos e hijas de la tierra y de la sangre. De ahí la homologación de los actos de juego a estados arrobadores como los suscitados por el amor, la vida, el orgasmo.
Revivir la experiencia de g***r viendo surgir la jugada excepcional, presenciar los éxitos del equipo de nuestra adhesión en el ambiente densamente corporal de los estadios o de la calle, parece colmar nuestra condición de animales dependientes de la estima ajena.
Abandonarse en el nerviosismo colectivo que bulle y envuelve el corazón, antes, en y después del partido, provoca emociones que nos abrazan a todos, haciéndonos dudar del valor acordado hoy al individualismo en la vida social.
Por tanto y pese a los cambios culturales, mis investigaciones no han podido ayudarme a encontrar una respuesta categórica a estas preguntas:
¿Por qué a las mujeres se les ha bloqueado el acceso a esa humanidad que procura el fútbol? ¿Por qué el valor antropológico que le reconocemos a ese juego, irrita la mirada pública cuando él se encarna en la
corporeidad de ellas? ¿Por qué la imagen de las jugadoras sudorosas, despeinadas y en plena acción de precisión técnica y gestual, esforzadas en ofrecer al público un buen partido, todavía no es admitida plenamente como bella?
Digamos que la razón principal de una tal inhumanidad reposa en la supervivencia de un caduco sistema s**o - género que, asignando un valor sexuado al fútbol, ha conducido a oponer la casa al estadio, a distanciar el hombre de la mujer para acercarlo a su madre. Una ilustración es la escultura de un balón que el futbolista Di Stéfano instaló en su casa con esta dedicatoria: ¡Gracias Vieja! La madre me hizo nacer, la pelota me hizo crecer.
Aparecido en 2018 Periodico Alma Mater, UdeA, Medellin, Colombia
Universidad de Antioquia, No 676, Medellin, junio de 2018