13/10/2025
Quiero que tus ojos sean mi prisión dulce,
que me atrapen sin golpes, con la sola gravedad de tu mirada;
que cada parpadeo sea un latido que me desnuda por dentro.
Quiero que el centro de mi vientre se convierta en brasas,
un fuego paciente que aguarda tu aliento como lluvia salvadora;
que tus manos lleguen con la calma del que sabe apagar y encender.
Tómame del cuello con la ternura de un secreto,
no para someter, sino para ordenar el universo en tu boca;
dicen tus deseos y que susurre tus nombres como conjuro.
Que mis caderas narren historias antiguas,
con movimientos que no mienten, con ritmos que invitan y mandan;
que cada vaivén dibuje en el aire lo que tus manos aún no han descubierto.
Déjame llover sobre tu piel como una promesa,
una lluvia densa que insiste y empapa, que deja sobre ti mi mapa salado;
báñate en mí hasta que tus límites se disuelvan en placer.
Quiero que en tus pupilas viva la curva de mi espalda,
esa silueta que se convierte en paisaje cuando te acercas;
que la guardes como un poema secreto que te visita por las noches.
Deseo el sonido de tu éxtasis clavado en mis oídos,
esas notas que se quiebran entre gemidos y suspiros, música que me guía;
quiero aprenderme cada quiebro de tu voz hasta memorizarlos.
Y cuando el mundo se disuelva, que quedemos rendidos,
dormidos con la respiración lenta, con la piel aún encendida;
envueltos en el incienso cálido de nuestro encuentro, donde el recuerdo huele a eternidad.