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¡Hola! 💖 Bienvenida a MadresDeJesús, un espacio donde cada mamá encuentra inspiración y fortaleza. 🌸 Reflexiones, oraciones y consejos para vivir la maternidad con amor, fe y propósito cada día. ✨

20/02/2026

Hoy en el evangelio, Jesús es interpelado sobre el ayuno, ¿por qué los discípulos de Jesús no ayunan? Y el Señor responde revelando algo íntimo: Él es el Esposo. No habla de normas, habla de amor. Mientras el Esposo está presente, el corazón celebra. Porque la fe no comienza con sacrificios, comienza con una relación viva con Cristo.

El cristianismo no es una lista de renuncias; es la alegría de saber que Dios camina contigo. El ayuno, entonces, no es tristeza ni rigidez. Es un lenguaje del amor. Cuando alguien ama, sabe esperar. Cuando alguien ama, sabe ofrecer. Cuando alguien ama, aprende a hacer espacio para el otro.

Pero Jesús también dice: “Vendrán días en que les quitarán al Esposo, y entonces ayunarán.” Hoy vivimos ese tiempo del que nos hablaba Jesús por eso ofrecemos el ayuno que nace del deseo, no es mortificación vacía, es hambre de Dios.

Es decirle: “Señor, nada me llena si Tú no estás.” Es entrenar el corazón para no apegarse a lo pasajero, para que solo Él sea nuestro centro.

Hoy pregúntate: ¿mi ayuno es costumbre o es amor? ¿Mis renuncias me acercan al Esposo o solo me hacen sentir fuerte? La Cuaresma no quiere endurecerte; quiere afinar tu deseo. Ayuna, sí… pero ayuna con el corazón puesto en Él. Porque cuando Cristo es tu alegría, incluso el sacrificio se vuelve encuentro.

María entendió este amor como nadie. Ella vivió cada renuncia como espacio para Dios. Supo guardar en silencio, supo esperar, supo ofrecer.

En su corazón no había vacío estéril, había disponibilidad total. Que ella nos enseñe a ayunar con ternura, no con dureza; con deseo, no con orgullo.

19/02/2026
19/02/2026

Hoy Jesús nos revela en su evangelio que el camino del amor pasa por la cruz: del sufrimiento, del rechazo, inclusive de la muerte, pero, termina en resurrección.

Nos mira y nos invita:
“El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día y me siga.”

El, no dice tome su cruz “una vez”, dice tome su cruz "cada día".

¿Quién simos nosotr@s para cambiar sus designios?..Jesús, también nos revela la esperanza,
cada cruz no es un castigo… es un encuentro con El mismo Dios.

En cada una de nuestras cruces, Jesús se nos acerca de manera real, porque Jesús jamás permanece lejos cuando algi nos duele, El toma acción, nos abraza, nos consuela, nos sostiene, e incluso, nos libera del dolor.

Jesús jamás se esconde cuando la vida nos quiebra, El nos salva y nos sana.

Nos pasa, muchas veces que quisiéramos seguir a Dios… pero sin cruz. Quisiéramos una fe sin heridas, una maternidad sin miedo, una vida sin incertidumbre. Pero Jesús no nos engaña, El nos advierte el camino que henos de pasar.

Cuando tu cruz sea el cansancio, la soledad, la espera, el dolor por un hijo, el peso de una historia, la carga invisible que nadie ve, confía porque es ahí donde el amor se vuelve verdadero.

La cruz es el lugar donde dejamos de controlarlo todo… y empezamos a confiar, para entender, que la cruz diaria no es el final, sino, el puente.

Es el punto exacto donde nuestra debilidad se encuentra con la fuerza de Cristo.

Pidamos a Jesús no perdernos en la cruz.

Señor te pido que cada herida me lleve a Ti. Que cada peso me acerque a tu corazón.

Virgen poderosa, abrazame en cada dolor para que tu protección y consuelo me acerquen a Jesús.

Amén 💫🙏

18/02/2026

Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús hablándonos con una ternura firme, como quien conoce el corazón humano por dentro. Y nos revela algo profundamente delicado: que incluso las cosas más santas —la limosna, la oración, el ayuno— pueden volverse vacías si las hacemos para ser vistas, aprobadas, admiradas. Jesús no nos acusa: nos despierta. Nos llama a volver a lo esencial. A lo verdadero.

Porque hay una tentación silenciosa que se disfraza de “bien”: hacer lo correcto, pero buscando reconocimiento. Ser buena madre, buena mujer, buena cristiana… pero con el corazón agotado por la necesidad de ser validada. Y entonces, sin darnos cuenta, nuestra vida espiritual se vuelve una escena. Y la fe deja de ser un encuentro.

Jesús hoy nos invita a entrar en lo secreto. A ese lugar donde nadie aplaude, donde nadie opina, donde nadie califica… y donde solo queda Dios. Allí, en esa intimidad escondida, ocurre la verdadera conversión. Allí se limpia el alma. Allí se cura la herida. Allí se ordena el amor. Y allí el Padre, que ve en lo secreto, nos devuelve la paz que el mundo no puede dar.

Y qué importante es esto para nosotras, Madres de Jesús. Porque gran parte de nuestra vida sucede precisamente ahí: en lo oculto. Nadie ve cuando te levantas cansada. Nadie ve cuando callas para no herir. Nadie ve cuando oras en silencio mientras haces comida, mientras bañas a tu bebé, mientras sostienes un hogar. Pero Dios lo ve. Dios lo cuenta. Dios lo recibe como una ofrenda.

Hoy comienza la Cuaresma. Y Jesús no nos pide perfección. Nos pide verdad. Nos pide volver a Él.

Nos pide un corazón sin máscaras. Un corazón que ayune de orgullo, que dé limosna sin ruido, que ore sin espectáculo… y que se deje mirar por el Padre. Porque lo que transforma una vida no es lo que mostramos, sino lo que entregamos en secreto.

Pidamos a nuestra dulce Madre que permanezca a nuestro lado en este viaje hacia nuestro interior.

Amén 💫🙏


15/02/2026

Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús enviando a sus discípulos de dos en dos, delante de Él, a los pueblos y lugares a donde pensaba ir. No los envía como quien impone, sino como quien prepara el camino. Y les dice algo que conmueve: “La mies es mucha, pero los obreros son pocos.” Es como si el corazón de Cristo siguiera mirando al mundo con compasión, viendo cuántas almas necesitan consuelo, verdad, dirección… cuántos hogares necesitan paz.
Jesús los envía ligeros: sin cargas, sin seguridades humanas, sin distracciones.

Como quien aprende a confiar. Porque el discípulo no anuncia desde la fuerza, sino desde la dependencia de Dios. Y en ese envío hay una frase que sostiene toda una misión: “En cualquier casa donde entren, digan primero: Paz a esta casa.” Antes de hablar, antes de corregir, antes de enseñar… paz. La paz como primer lenguaje del Reino.
Y luego el Señor les da una clave profunda: permanecer. No ir saltando de lugar en lugar buscando comodidad. Permanecer donde Dios los ponga. Porque la fecundidad no nace del movimiento, sino de la fidelidad. Hay misiones que se cumplen en silencio, con constancia, con humildad, sin ser vistas.

Jesús también les entrega una autoridad que no es poder, sino misericordia: “Curen a los enfermos.” Y no solo enfermos del cuerpo… también los cansados, los heridos, los que ya no creen, los que están solos. Y finalmente: “Díganles: El Reino de Dios está cerca.” No es una idea. Es una Presencia. Es Cristo caminando hacia esa vida.

Este Evangelio nos recuerda que nuestra primera misión no está lejos: comienza en casa. Nosotras también somos enviadas: con Dios y con nuestra pequeñez. sembrar paz, a hablar con ternura, a sanar con paciencia, a preparar el camino para que Jesús llegue al corazón de nuestros hijos. Porque cuando una madre lleva paz, el Reino de Dios se acerca.

🌿 María, Reina de los Apóstoles, enséñanos a llevar a Jesús con paz.

Amén 💫🙏

13/02/2026

Hoy el Evangelio nos revela a Jesús atravesando caminos largos hasta llegar a la región de la Decápolis. Allí le llevan a un hombre que era sordo y apenas podía hablar. Y antes de mirar el milagro, vale la pena detenernos en el misterio de su historia: ¿cuánto habrá cargado este hombre durante años? Vivir sin oír, vivir sin poder expresarse plenamente… ser visto diferente, quizá ignorado, quizá tratado con impaciencia, quizá reducido al silencio. Hay dolores que no se ven, pero marcan el alma: no poder comunicarse, no poder defenderse, no poder decir lo que se siente, no poder pronunciar lo que se ama.

Y entonces aparece Jesús. No como alguien que lo expone, sino como alguien que lo comprende. Jesús no lo deja en medio de la multitud. Lo aparta. Lo protege. Como si el Señor quisiera decirnos que hay sanaciones que se hacen en intimidad, sin ruido, sin espectáculo. Porque Dios no solo repara el cuerpo: toca también la dignidad, la historia, la herida escondida.

Jesús se acerca con gestos profundamente humanos: toca sus oídos, toca su lengua, levanta los ojos al cielo y suspira. Ese suspiro parece una oración: el corazón de Dios conmovido ante el sufrimiento. Y luego pronuncia una palabra que es como una orden de amor: “Ephphatha”, es decir, “Ábrete.” Y de inmediato se abren sus oídos, y su lengua se desata. Es como si el Señor le devolviera no solo una función… sino una vida nueva.

Imaginemos ese instante: por primera vez escuchar con claridad, por primera vez hablar sin esfuerzo. Recuperar el don del oído y de la palabra significa recuperar la posibilidad de edificar, de amar, de agradecer, de bendecir, de nombrar a los suyos, de decir lo que llevaba guardado. Y aquí el Evangelio nos alcanza a nosotras: porque muchas veces damos por sentado estos dones. Hablamos todos los días… pero no siempre para amar. Tenemos palabras… pero a veces las usamos para herir, para endurecer, para defender el orgullo, para poner más leña al fuego, para apagar la paz del hogar.

Este milagro nos recuerda que la palabra es un don santo. Que la voz puede ser instrumento de Dios o instrumento de división. Que un hogar se construye o se destruye con lo que decimos. Jesús hoy nos invita a pedirle un corazón nuevo para que también nuestra lengua sea sanada: para bendecir más, para apaciguar, para sostener, para corregir con amor, para hablar con paciencia, para enseñar a nuestros hijos el lenguaje de Dios.

Hoy pidamos al Señor que abra nuestro interior, nuestros oídos para escuchar con amor, nuestra lengua para hablar con verdad y misericordia. Y también que abra el corazón de nuestros hijos, para que aprendan a escuchar lo bueno y a pronunciar palabras que edifiquen. Que nuestras casas se llenen de una voz distinta: la voz de la paz.

María, Madre de Jesús, enséñanos a escuchar como tú y a hablar como quien ama.

Amén 💫🙏

04/02/2026

Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús regresando a su tierra. Vuelve a lo conocido, a lo cotidiano, al lugar donde todos creen saber quién es. Entra en la sinagoga y enseña. Y su Palabra tiene autoridad, pero, no lo reconocen.

Lo miran con ojos humanos. Lo reducen. Lo encasillan.
“¿No es este el carpintero?” Y así, lo que era gracia se vuelve motivo de escándalo. Jesús estaba allí… pero sus corazones no estaban abiertos.

Este Evangelio es una llamada fuerte, porque también a nosotras nos puede pasar. Podemos acostumbrarnos a Dios. Acostumbrarnos a la fe. Acostumbrarnos a lo sagrado. Y sin darnos cuenta, empezar a mirar a Jesús como “uno más”, como algo que ya conocemos, como una presencia que damos por sentada.

Y cuando eso sucede, el Señor no deja de ser Dios…
pero nuestra alma deja de recibir. Dice el Evangelio que Jesús se asombró de su falta de fe, y que allí no pudo hacer muchos milagros.

No porque Jesús no tenga poder, sino porque la fe es la puerta, y cuando el corazón se cierra, el milagro no entra.

Hoy Jesús nos invita a pedir una gracia muy concreta:
mirarlo con fe., no con la mirada cansada, no con la mirada crítica, no con la mirada acostumbrada, sino con una mirada limpia, como la de María:
una mirada que reconoce a Dios incluso en lo pequeño.

Madres de Jesús, qué importante es esto para nuestra casa: porque cuando una madre cree, el hogar se vuelve tierra abierta.

Y cuando una madre vuelve a mirar a Jesús con fe, sus hijos aprenden —sin discursos— que Dios es real, hoy, el Señor nos pide no pasar de largo ante su presencia.

No reducirlo. No medirlo. No acostumbrarnos.
Porque Jesús sigue viniendo…
y quiere ser reconocido.

Jesús, aumenta mi fe.
María, enséñame a mirarlo con un corazón nuevo.

Amén 💫🙏

04/02/2026

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús mirando a la multitud. No los ve como un número, ni como una carga. Los ve con el corazón. Dice el Evangelio que se compadeció de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor.

Así nos mira hoy también a nosotras. Jesús ve nuestros cansancios, nuestras preocupaciones, nuestras noches largas, nuestras preguntas sin respuesta. Y no se aparta. Se queda. Enseña. Acompaña. Alimenta.

Cuando llega la hora de la necesidad, los discípulos ven el límite: no hay suficiente, no alcanza, es tarde. Pero Jesús no despide a la multitud. Tampoco nos despide a nosotras cuando sentimos que ya no podemos más.

Jesús dice una frase que atraviesa el alma:
“Denles ustedes de comer.” No porque tengamos todo, sino porque Él quiere obrar a través de lo poco que somos y tenemos. Cinco panes y dos peces parecen insignificantes… hasta que se los ponen en las manos a Jesús.

Y aquí está el corazón del Evangelio:
Jesús toma, bendice, parte y reparte. Así hace también con nuestra vida.

Como madres, muchas veces sentimos que damos poco, que no es suficiente, que no alcanza. Pero cuando entregamos a Jesús lo que somos —nuestro tiempo, nuestra paciencia, nuestro amor imperfecto— Él lo multiplica.

Hoy el Señor nos invita a confiar. A no mirar solo la escasez, sino su compasión. A no quedarnos en el miedo, sino a poner lo poco en sus manos.
Jesús sigue alimentando. Sigue bendiciendo. Sigue saciando.

Jesús, recibe lo poco que soy y multiplícalo.
María, enséñanos a confiar sin miedo.

Amén 💫🙏

02/02/2026

📅 Lunes 26 de enero
Mc 3, 22-30
Jesús es acusado de obrar el bien con poder del mal. Él revela que un reino dividido no puede subsistir y nos enseña a no confundir la obra de Dios con criterios humanos.

📅 Martes 27 de enero
Mc 3, 31-35
Jesús redefine la verdadera familia: quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. Nos invita a un amor que nace de la fe.

📅 Miércoles 28 de enero
Mc 4, 1-20
La parábola del sembrador nos revela que la Palabra siempre es fecunda, pero el corazón necesita disponerse para dar fruto.

📅 Jueves 29 de enero
Mc 4, 21-25
La fe es una luz que no se esconde. Jesús nos llama a custodiarla y dejarla iluminar nuestra vida cotidiana.

📅 Viernes 30 de enero
Mc 4, 26-34
El Reino de Dios crece en silencio. Dios obra incluso cuando no lo vemos y nos invita a confiar en su tiempo.

📅 Sábado 31 de enero
Mc 4, 35-41
Jesús calma la tormenta y nos pregunta: “¿Aún no tienen fe?”. Nos recuerda que Él es más fuerte que cualquier tempestad.

📅 Domingo 1 de febrero
Mt 5, 1-12a
Las bienaventuranzas revelan el camino de la verdadera felicidad: vivir con un corazón pobre, manso, misericordioso y confiado en Dios.

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