19/08/2026
🤍 Hace unos días entró una chica de unos veinticinco años. Cogió una caja de pañuelos de tela, le dio la vuelta entre las manos y preguntó con toda la honestidad del mundo:
—Perdona… ¿y esto para qué es?
No supimos contestar deprisa. Porque lo que había que explicarle no era un uso: era una época.
🎬 Hubo un tiempo, el del cine en blanco y negro, en que la escena importante siempre pasaba igual. Ella se quedaba callada, con los ojos brillantes, en un andén o en un portal. Y él, sin decir nada, se llevaba la mano al bolsillo interior y le ofrecía su pañuelo. Doblado, limpio, planchado esa misma mañana. No hacía falta más diálogo: ese cuadradito de algodón decía «estoy aquí» mejor que cualquier frase.
Hubo un tiempo en que un hombre no salía de casa sin uno. Y en que llevarlo asomando por el bolsillo de la chaqueta —blanco, apenas tres dedos— era lo que separaba un traje puesto de un traje bien puesto. En las bodas todavía se nota. En los entierros, también.
🧵 Se planchaban los domingos. Se guardaban en el cajón de arriba, con las camisas. Algunos llevaban una inicial bordada. Y duraban tanto que muchos abuelos siguen sacando hoy el mismo que les regalaron hace cuarenta años.
Nosotros los seguimos teniendo, en su caja de siempre: seis pañuelos, 100 % algodón, con las rayas finas en el borde. 15 € la caja, en tienda.
No hace falta que vuelva aquella época. Basta con no dejar que se pierda del todo.
📍 Reyes Católicos, Ávila.