23/05/2026
¿Quién habita la imaginación?
Como ya sabes, estoy haciendo una recopilación de artistas poco conocidos, artistas outsider o creadores que flirtearon con “el otro lado”. Me llama especialmente la atención la idea de que muchos de ellos parecen estar guiados por una especie de ser imaginario autónomo: una presencia cuya procedencia resulta difícil de explicar. Artistas como Adolf Wölfli —diagnosticado con esquizofrenia— creaban universos completos dictados por voces y visiones internas, con una compulsión creadora que Jean Dubuffet admiraba precisamente por su pureza “bruta”, ajena a cualquier convención. Muchos outsiders describen su arte como algo que “debe salir” para calmar o dar sentido a sus experiencias internas.
A lo largo de la historia del arte, numerosos artistas, escritores, músicos y creadores han descrito procesos creativos impulsados por figuras imaginarias, voces internas, musas personificadas o entidades que parecen tener vida propia. No siempre debe entenderse de manera literal; en muchos casos puede tratarse de una metáfora psicológica o de un mecanismo de la imaginación. Aun así, es un fenómeno recurrente y una de las dimensiones más fascinantes de la psicología de la creatividad.
Este patrón se repite porque la creatividad, con frecuencia, se percibe como algo que “viene de fuera”. Es como si el impulso de crear tuviera una voz propia que exigiera materializar obras: una voz, una imagen o una presencia que la mente consciente no controla por completo. Para algunos, puede ser una forma de acceder al inconsciente, como planteaba Carl Gustav Jung —quien describió a Filemón como una figura superior de percepción que le enseñó sobre la objetividad psicológica y el funcionamiento del alma—; para otros, una manifestación de disociación creativa o incluso, desde perspectivas más espirituales, un contacto real con algo que trasciende la conciencia individual.
Desde la mitología griega, la musa aparece como una entidad inspiradora, a veces personificada. Para algunos creadores es una persona real; para otros, una figura interna o imaginaria. Frida Kahlo, Georgia O’Keeffe o Pablo Picasso tuvieron musas —humanas o simbólicas—, pero muchos artistas describen además una “voz” o presencia que les dicta ideas.
En la Antigüedad, griegos y romanos concebían la inspiración como daimones: espíritus asistentes externos que visitaban al creador. Sócrates, por ejemplo, hablaba de su daimon personal, una presencia que le susurraba advertencias y sabiduría.
Muchos compositores y músicos, como Richard Strauss o Jim Morrison, también invocaron “espíritus” o musas como fuente de inspiración. El caso de Philip K. Dick es especialmente significativo. El autor vivió intensas experiencias visionarias, sobre todo durante el episodio conocido como “2-3-74” (febrero-marzo de 1974). Según relató, un rayo de luz rosa atravesó su cabeza y comenzó a recibir información de una entidad a la que llamó VALIS (Vast Active Living Intelligence System). Describía voces, visiones y presencias que le revelaban realidades alternativas, ideas gnósticas y conspiraciones cósmicas. Para él, las ideas no eran inventadas por el escritor, sino que “buscaban” al creador para manifestarse.
Federico García Lorca, en su célebre conferencia Juego y teoría del duende (1933), distingue tres fuerzas que impulsan al artista:
El Ángel: aporta luz, orden y disciplina. Es una fuerza luminosa, racional y espiritual, casi protectora, que proporciona claridad y gracia.
La Musa: ofrece formas, conocimientos técnicos y una dimensión más cultural e intelectual.
El Duende: oscuro, terrenal y ligado a la muerte, la pasión y la autenticidad visceral, especialmente visible en el flamenco.
Lorca veía el Ángel como una entidad capaz de iluminar el camino creativo, aunque advertía que no siempre bastaba; a veces era necesario el duende para que la obra alcanzara una verdadera “verdad negra”.
Es más: en el flamenco, que tanto amaba Lorca, el duende se describe como una posesión momentánea, casi demoníaca, que el artista debe “merecer” mediante el riesgo y la autenticidad.
William Blake, poeta y pintor de los siglos XVIII y XIX, afirmaba conversar regularmente con ángeles, profetas y espíritus. Decía que sus poemas y grabados le eran dictados por seres invisibles y llegó a afirmar: “Mi mano está guiada por espíritus”.
Robert Graves personificó a su musa en la figura de la Diosa Blanca, una entidad arquetípica y casi autónoma que guiaba tanto su poesía como su mitología personal.
Los surrealistas, como André Breton o Max Ernst, buscaron activamente el automatismo psíquico y la escritura automática, permitiendo que el inconsciente —a veces percibido como una entidad independiente— tomara el control del proceso creativo.
Muchos compositores clásicos hablaban también de melodías que “llegaban” completas, como si ya existieran previamente. En el ámbito espiritual, artistas como Alex Grey o Nicholas Roerich describieron igualmente experiencias de canalización de fuerzas o visiones superiores, sin olvidar los espíritus mencionados por Stevie Nicks.
Uno de los casos más claros y documentados es el de Hilma af Klint, pionera del arte abstracto. Formó parte de un grupo espiritual llamado De Fem (“Las Cinco”), dedicado a realizar sesiones de espiritismo. Según explicó, recibió instrucciones directas de guías espirituales como Amaliel o Gregor. En 1906, uno de estos espíritus le encomendó crear Las Pinturas para el Templo, una enorme serie de obras abstractas —más de 190 piezas— destinadas a instalarse en un templo en espiral. Pintaba en estados de trance o mediumship, a menudo sin correcciones y con gran rapidez. Consideraba que no era ella quien creaba, sino que canalizaba mensajes procedentes del mundo espiritual.
Algo parecido es el caso de David Bowie, quien hablaba de sus personajes —como Ziggy Stardust— casi como entidades autónomas que “tomaban el control”. Y a la cual asesino en pleno concierto
¿Podría existir una explicación para todo esto?
Desde una perspectiva psicológica, podría tratarse de una proyección del inconsciente —como proponía Jung—, de un mecanismo para acceder a niveles profundos de creatividad, de formas leves de disociación o, simplemente, de una manera poética de describir la inspiración. En culturas chamánicas o espirituales, en cambio, estas experiencias suelen interpretarse como contactos reales con guías o entidades. En cualquier caso, parece que la mente creativa tiende a “externalizar” partes de sí misma para generar novedad, desbloquear ideas y ampliar los límites de la conciencia.
No todos los artistas viven la creación de esta manera —muchos mantienen un enfoque más racional o disciplinado—, pero sí existe un número significativo de creadores que han sentido estar “guiados” por seres imaginarios o presencias semi-autónomas.