13/05/2025
El dolor de una madre con hijos adultos es distinto.
No se desahoga en voz alta.
Es un dolor que se guarda muy dentro,
que se esconde en una oración antes de dormir,
en los pensamientos que no se dicen pero que siempre están ahí.
Llega cuando ya no piden permiso,
cuando toman decisiones por su cuenta,
y a veces se equivocan.
Y una parte de ti quisiera volver a correr tras ellos,
como cuando eran niños,
y advertirles, y protegerlos,
y gritarles: “¡Espera! ¡Yo ya viví eso! ¡Te puedo evitar el dolor!”
Pero ahí está el verdadero amor de una madre:
En seguir orando todos los días,
en mandar amor con el pensamiento,
en confiar que Dios cuida lo que tú ya no puedes controlar.
Porque una madre no deja de amar cuando los hijos crecen.
Solo aprende a amar desde otra distancia.