05/08/2026
Antes de convertirse en princesa de Gales, Catalina de Aragón preparó su viaje a Inglaterra con una cantidad de calzado tan extraordinaria que, cinco siglos después, todavía puede seguirse en las cuentas de su madre.
No era una colección improvisada ni una extravagancia personal.
Los libros de Gonzalo de Baeza, tesorero de Isabel la Católica, registraron durante la infancia de Catalina los pagos destinados a vestirla, educarla y mantener la pequeña casa que la acompañaba. Entre aquellos nombres aparecen Diego de Madrid y Diego de Valencia, zapateros que trabajaron para la infanta desde que era niña.
En 1501, mientras se organizaba su partida, las cuentas anotaron 51 pares de borceguíes y 68 pares de servillas.
Los borceguíes eran botas flexibles de cuero que cubrían los tobillos y se ajustaban alrededor de la pierna. Las servillas, en cambio, eran zapatillas ligeras de cuero, muchas veces negro, utilizadas en espacios interiores o combinadas con otro tipo de calzado.
En total se registraron 119 pares.
Eso no significa necesariamente que Catalina pensara utilizarlos todos. En una casa real, las prendas también servían como obsequios, recompensas y formas de pago para damas, cuidadoras y otras mujeres del séquito. Parte del calzado pudo estar destinado a quienes viajarían con ella o a regalos que facilitarían sus primeras relaciones en la corte inglesa.
Entre su equipaje probablemente había también chapines, plataformas con suelas de corcho que se colocaban bajo los zapatos.
Cuatro años antes, las cuentas habían registrado doce pares de chapines valencianos destinados a Catalina y a su hermana María. Seis alcanzaban una mano de altura y los otros seis, tres dedos. La compra costó 1.990 maravedíes.
Los modelos más lujosos podían estar cubiertos de terciopelo, decorados con bordados y fabricados con materiales que los convertían en verdaderas piezas de prestigio. Además de impedir que las faldas tocaran el barro de las calles, elevaban físicamente a quien los llevaba y hacían visible su posición social.
Caminar con ellos no era sencillo. Cuanto mayor era la plataforma, más cortos y controlados debían ser los pasos. En sus versiones extremas, una mujer podía necesitar el brazo de una acompañante para conservar el equilibrio.
En una corte, incluso la forma de caminar transmitía rango.
Catalina había sido prometida al príncipe Arturo Tudor cuando todavía era una niña. Su matrimonio debía reforzar la alianza entre los Reyes Católicos y Enrique VII, fundador de una dinastía inglesa que aún necesitaba consolidar su legitimidad.
Cuando partió hacia Inglaterra en 1501 tenía quince años, no dieciséis. Había nacido el 16 de diciembre de 1485 y se casó con Arturo el 14 de noviembre, un mes antes de su cumpleaños.
El viaje la llevó desde Granada hasta el puerto de La Coruña y después a través de un mar agitado que obligó a retrasar la travesía. Finalmente desembarcó en Plymouth el 2 de octubre.
Catalina no llevaba solamente vestidos, joyas y zapatos.
Transportaba su lengua, sus costumbres religiosas, sus alimentos, sus damas y una apariencia cuidadosamente construida para recordar a todos que no era una adolescente cualquiera enviada a un país extranjero. Era hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, representantes de una de las monarquías más poderosas de Europa.
Su vestuario debía ayudarla a realizar una tarea contradictoria: convertirse en una princesa inglesa sin dejar de representar a España.
Por eso aquellos zapatos no pueden reducirse a una historia sobre una joven aficionada a comprar.
Eran parte de un ajuar diplomático. Los borceguíes, las servillas y los elevados chapines servían para proteger sus pies, distinguir su rango, premiar lealtades y trasladar una identidad de una corte a otra.
La historia suele recordar a Catalina por el matrimonio que Enrique VIII intentó anular décadas después.
Las cuentas de sus zapateros conservan una imagen anterior: una muchacha de quince años preparándose para abandonar su país, mientras los adultos que habían decidido su futuro calculaban hasta el último par con el que debía dar sus primeros pasos en Inglaterra.