22/03/2026
Básicamente, todos somos buenos.
Hace bastantes años las personas platicaban antes de acomodar las almohadas para irse a dormir. No había una sensación de cuidado, no se tenían circuitos cerrados. Aparte de que la tecnología no daba para tanto, no era necesario, ya que el vecino cuidaba al otro vecino. Eso se pensó siempre.
Básicamente, antes todas las ciudades pequeñas —en la gran mayoría de los casos por allá de los setentas, ochentas y noventas— dormían con la pueta sin llave. Tenían conciencia de que ninguna persona entraría a la casa, por que básicamente todos aquellos habitantes de la calle, del barrio, de la colonia, estaban dormidos tranquilos, viviendo su vida en sus casas.
Los pleitos de pareja, antes, por allá de los setentas, ochentas y noventas, eran algo del diario en diversas colonias y barrios, o en las vecindades y edificios habitacionales de todo México. No se denunciaba el abuso, los golpes, los abusos físicos y psicológicos a los hijos porque se veía como algo que solamente atañía a la familia protagonista de la situación.
Comenzaron a pasar más y más delitos. Las cosas se salieron de control. Las situaciones pasaban puertas adentro y no se denunciaban. El asesino era un conocido, el raptor, el violador. Después, el problema se adentró más: en las recámaras de las mismas casas, desde el sofás de la salas, los propios familiares eran los denunciados.
No hicimos al caso al pequeño que acusaba, no quisimos intervenir con los problemas de la vecina golpeada, y como instituciones no quisimos intervenir en ningún caso que tuviera que ver con temas familiares porque “no tenía caso”.
Núnca pensamos que las familias destruídas por la violencia nos fueran a afectar, pero la destrucción del núcleo familiar y la indiferencia de todos — incluyendo al Estado— hizo, poco a poco, que se resquebrajaran los cimientos de lo que conocimos como sociedad.
La violencia no es de ahora. La violencia se viene cosechando desde los setentas, ochentas y noventas. Ha estallado. No es que las cosas sean difundidas en redes sociales, sean viralizadas, sean apoyadas por grupos, o por instituciones que nacieron apenas hace diez años.
La violencia que vivimos hoy es producto de que todo mundo cerramos los ojos para no ver lo que pasaba a un lado. Así, poco a poco, todos contribuimos a que hoy en día tengamos que salir a nadar en un mar que volvimos lodo por no saber cómo entender.
Estamos padeciendo una enfermedad que se pudo prevenir. Se hizo infección, y ahora estamos tratando de salvar al paciente con todo lo que tenemos porque ya está al borde de la muerte.
No sabemos si vamos a mejorar como sociedad, pero si seguimos por aquel mismo camino —cerrando la boca, cerrando los ojos, y diciendo “no es mi problema, no me meto”— así es como llegamos a tener que colocar cámaras de circuito cerrado en cada uno de los domicilios.
Si somos sociedad, trabajemos como una; si somos vecinos trabajemos como uno; si somos país, no solamente exijamos a las instituciones y al gobierno. Debemos trabajar para la seguridad de nuestra descendencia en general, no solamente para la particular.
¿También cerraste los ojos alguna vez?
¿Cuándo fue la última vez que viste algo y decidiste no meterte?