19/06/2025
Isabella
El sol ya estaba alto cuando bajé al comedor. La noche anterior, el eco del portazo de Rafael aún vibraba en mis oídos, pero mi rostro, ahora, era una máscara de perfecta indiferencia. Las lágrimas se habían secado, la furia se había convertido en una determinación fría. Alondra no estaba, y agradecí al cielo por eso. Había planeado cada movimiento, cada palabra. Tenía que volver a entrar en el juego, sin ceder, sin dar una pulgada de mi verdadero sentir.
Mateo estaba con Rafael que ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, un café humeante frente a él. Su mirada, cuando la levantó, era la misma de siempre: intensa, posesiva. Esperando una reacción, quizás una disculpa. No se la daría. Me senté frente a él, como si la noche anterior no hubiera existido, como si no lo hubiera echado de mi cuarto o visto con Alondra. Serví un poco de fruta en mi plato, mis movimientos lentos y controlados.
-"Buenos días, Rafael, buenos dias Mateo buen provecho" les sonreí dije, mi voz neutra, casi aburrida. No había un solo rastro de emoción en ella.
-"Buenos días preciosa"- Mateo fue el unico que me respondío, lo hice porque sabia las reacciones que provocaba en Rafael.
Rafael dejó su taza con un golpe seco. Su mandíbula se tensó. -"¿Buenos días? ¿Así nada más?" -Su voz era un gruñido.- "Anoche estabas como una p**a leona, echándome de tu cuarto. ¿Ya se te pasó el coraje, Isabella?"- Mateo dejo su taza a medio camino para observarnos asombrado por el estallio repentino.
Lo miré, mis ojos grises sin parpadear, y me encogí de hombros, llevando una fresa a mis labios. -"Coraje, ¿por qué habría de tener coraje? Y tú, ¿por qué lo tendrías? No somos nada, Rafael. Solo somos dos personas... pasando el tiempo. Acostones, como les dicen por aquí."- La palabra salió con una facilidad que me sorprendió, una frialdad que sentí que lo golpeó.
Su mirada se oscureció. Se inclinó sobre la mesa, sus ojos negros perforándome. -"No hables como una estúpida, Isabella. Sabes que no es solo 'pasar el tiempo'."-
-"¿Ah, no?"- levanté una ceja, la inocencia en mi voz tan falsa como mi sonrisa. -"Pues a mí me parece que sí. Tú y yo... somos adultos. Nos divertimos, sí. Hay... atracción. Pero eso es todo. No hay necesidad de dramas, de peleas. Tú tienes tu vida, tus cosas, y yo tengo las mías. Algún día me iré, Rafael. Y tú seguirás con tus... asuntos. Yo seguiré con los mios y no se quiza algún dia me case y tenga unos tres hijos como planeo. Así que, ¿para qué amargarnos? Mejor disfrutar el tiempo que nos queda, ¿no crees?"- Dije la última frase con un tono de sarcasmo que apenas logré ocultar, pero que a un hombre como él no le pasó desapercibido. La mención de mi partida era una daga bien clavada.
El músculo de su mandíbula se contrajo. Cuando mencioné la idea de casarme. Su mano se estiró sobre la mesa, aferrando la mía con fuerza, sus dedos apretando hasta casi dolerme. Era su intento de reafirmar su dominio. No protesté, dejé que me tocara. Incluso sonreí, una sonrisa pequeña y enigmática.
-"No me gusta cómo hablas, Isabella,"- gruñó. -"No soy 'acostones'. Y tú no te vas a ir a ningún lado."-
"-Ahora me vas a decir lo que debo decir, que tal que tambien me digas cuando moverme, o tal vez cuando respirar, jajajajaja no soy una jodida marioneta, ya tienes una rondandote siempre, no necesitas màs."-
Me liberé de su agarre con un movimiento lento y deliberado, sin brusquedad, pero con una firmeza que no esperabam, Mateo nos miraba y se removía incmodo. -"Rafael, ambos sabemos cómo son las cosas. Las grandes figuras como tú... tienen sus arreglos. Sus futuras esposas."- La miré directamente a los ojos. -"Sus promesas."-
El brillo en sus ojos negros se intensificó. Se levantó de golpe, la silla raspando el suelo. Su mano volvió a tomarme, esta vez del brazo, jalándome hacia fuera, se paró de golpe y me jaló hacia el. La cercanía me hizo temblar, pero mantuve mi expresión impasible.
-"Escúchame bien, Isabella,"- su voz era un susurro gutural, lleno de peligro. -"No sé qué juego estés jugando, pero no soy un hombre al que se le hable así. Tú no vas a decidir cuándo te vas. Y no vas a tratarme como si fuera un simple 'acostón'. Tú eres mía. Y vas a estar desesperada por mi toque. Lo vas a rogar eso te lo aseguro, no soy una hombre que se olvide facilemente como tus otros amiguitos que tendràs regados por ahí."-
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, pero mi rostro permaneció inmutable. Lo miré con un desafío frío. -"¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, Rafael? ¿Me vas a convertir en tu esposa? ¿En la señora Mendoza? No tengo el material para eso, soy una p**a lo recuerdas. No tengo madera de sumisa. Para eso tienes a tu querida Alondra. Ella sí cumple con el perfil, ¿no crees? Ella sí te da lo que necesitas."-
La mención de Alondra, y la verdad de mi observación, lo golpearon con una fuerza inesperada. Su expresión se endureció aún más, pero había una fisura en su armadura. Quiso herirme, lanzarme una estocada final.
-"Sí, Alondra," espetó, su voz cargada de un veneno calculado, "Alondra es todo lo que tú no eres, Isabella. Es una dama. Leal. Sumisa. Sabes, fui su primer hombre. ¿Sabías eso? Ella es mi paz. Mi calma. Tienes razón, las demás son pasajeras. Pero Alondra... ella es diferente, al final del día siempre regreso a su cama."- Dijo las últimas palabras con una estudiada indiferencia, intentando devolverme el golpe, hacerme sentir como una más.
Por un microsegundo, sentí cómo mi rostro se desfiguraba. Una punzada de algo que no quise nombrar, una mezcla de celos y rabia, me recorrió. ¿Su paz? ¿Su calma? La imagen de ellos en la habitación la noche anterior se grabó a fuego en mi mente. Pero también, la mención de "su primer hombre" me golpeó con una ironía amarga. Él no lo sabía, pero yo no era virgen. No porque hubiera elegido a mi primer hombre, sino porque me lo habían arrebatado, a los quince años, en esa agencia. El trauma de la violación, la intrusión brutal, esa fue mi primera experiencia. Su declaración, la de que Alondra era su "primera", me recordó mi propia historia, un contraste hiriente y doloroso.
Me recompuse rápidamente, mi máscara de indiferencia volviendo a su lugar.
-"Qué bueno, Rafael,"- dije, mi voz ahora gélida, cortante como el hielo. -"Me alegro por ti. De verdad. Ojalá tu marioneta te haga muy feliz. Y te dé muchos herederos para tu imperio. Apuesto a que la vida con una mujer así es... emocionante. Tan llena de sorpresas, de espontaneidad. Supongo que te espera una vida muy, muy larga... y muy, muy aburrida."- Una sonrisa sutil, casi imperceptible, curvó mis labios. Había clavado el cuchillo donde más le dolería: el aburrimiento, la falta de desafío que un hombre como él temía más que la propia muerte.
Su agarre se hizo más fuerte, casi doloroso. Me arrastró fuera del comedor, ignorando las posibles miradas de los sirvientes. Me llevó a la sala, la luz de la mañana iluminando nuestros rostros tensos. Me empujó suavemente contra la pared, su cuerpo presionando el mío, su aliento caliente en mi rostro. La cercanía era abrumadora.
-"Vas a sentirlo,"- susurró, sus labios rozando los míos, -"Vas a rogar por mi toque. Y vas a aprender a no desafiarme."-
Sus ojos negros se clavaron en los míos, la ira ardiendo en su profundidad, pero también una amenaza gélida. -"Y déjame decirte algo más, Isabella. No intentes nada. Nada. No vas a salir de esta hacienda a menos que sea mu**ta, o hasta que yo me harte de ti. ¿Entendido? Tú eres mía por el momento. Y aquí te quedas hasta que yo lo demande y si se me da la gana te encierro, no me hagas parecer culpable porque no me conoces."-
Concluyó, su voz baja y cargada de una certeza brutal. Luego, se separó bruscamente de mí. Su mirada recorrió mi cuerpo con un desdén calculado. -"De hecho,"- gruñó, casi para sí mismo, -"creo que voy a tener que hablar con tus superiores. Este 'regalo' que me enviaron salió defectuoso. Quizás pida otro. Uno que sea mejor. Que sepa cuál es su lugar. Uno que no me dé problemas." -Su comentario, lanzado con una frialdad despectiva, fue diseñado para herir, para rebajarme al estatus de un objeto intercambiable.
Y en ese instante, una parte de mí, la parte que luchaba por mantener la fachada de la agente fría, se sintió una vez más atrapada entre la misión y el hombre que se negaba a ser un simple peón en mi juego. Su necesidad de dominarme era palpable, y el peligro inminente. Él no quería ser solo acostones, y eso complicaba mi salida.
-"Ya lo veremos"- Fue lo ultimo que le dije antes de dirigirme a mi habitación.