24/05/2026
La maestra de kínder me pidió hablar en privado al salir. Con cierto cuidado me dijo: “No quiero alarmarte, pero creo que deberías ver esto”.
Me mostró un dibujo que había hecho mi hija.
Eran cuatro figuras: ella, su papá, yo… y otra mujer. Esta última era más alta que yo, con cabello largo, un vestido azul llamativo y una sonrisa enorme. Encima había un nombre escrito con letras grandes y firmes: “MOLLY”.
La maestra añadió en voz baja:
—Habla de ella con mucha frecuencia… como si fuera alguien cercano. Solo pensé que debías saberlo.
Esa noche, cuando mi hija ya estaba acostada y tranquila, le pregunté con naturalidad:
—Amor, ¿quién es Molly?
Respondió sin pensarlo:
—Es amiga de papi. La vemos los sábados.
Sentí un n**o en el estómago.
—¿Los sábados? ¿A qué hora?
—Cuando tú estás en el trabajo —dijo bostezando—. A veces salimos a jugar. Es muy bonita y huele rico.
Traté de mantener la compostura mientras todo dentro de mí se desordenaba.
—¿Desde cuándo la conoces?
Contó con sus deditos.
—Desde hace mucho… desde que empezaste tu nuevo trabajo.
Exactamente seis meses. El mismo tiempo que llevaba trabajando fines de semana para sostener la casa.
Cuando mi esposo llegó esa noche, no mencioné nada. Lo saludé como siempre, sonreí y seguí actuando con normalidad, aunque por dentro todo estaba hecho pedazos.
No iba a explotar… iba a esperar.
A la mañana siguiente, ya tenía claro qué haría ese sábado.