05/06/2026
EL CERDO DE MEDIANOCHE
En un pequeño pueblo, un granjero llamado Ernesto vivía solo en una vieja casa rodeada de campos. Su único compañero era un enorme cerdo negro llamado Bartolo. Ernesto lo había criado desde que era un lechón y decía que Bartolo era especial, casi humano. A menudo, hablaba con él como si pudiera entenderlo.
Sin embargo, los vecinos evitaban pasar por la granja, murmurando historias extrañas sobre ruidos que venían del corral a medianoche. Decían que se escuchaban risas, como si alguien o algo más estuviera allí. Ernesto siempre lo desmentía, aunque en secreto había comenzado a notar que Bartolo actuaba de manera... peculiar.
Una noche, cuando la luna llena iluminaba el campo, Ernesto se despertó al escuchar golpes en su ventana. Se levantó, pensando que era el viento, pero cuando miró hacia afuera, no vio a nadie. Bajó las escaleras para asegurarse de que todo estuviera en orden y decidió revisar el corral.
Al llegar, se dio cuenta de que Bartolo no estaba. La puerta del corral estaba abierta, aunque recordaba haberla cerrado. Antes de que pudiera reaccionar, sintió una respiración caliente detrás de él. Al girarse, encontró a Bartolo, pero algo estaba mal. Sus ojos brillaban con un extraño resplandor rojo, y una grotesca sonrisa parecía deformar su hocico.
Ernesto intentó retroceder, pero Bartolo se paró sobre sus patas traseras, tan alto como un hombre. En un tono grave y gutural, el cerdo habló:
—Me diste tu compañía... Ahora me darás tu alma.
Antes de que Ernesto pudiera correr, Bartolo lo atacó con una fuerza imposible para un animal. Los gritos del granjero se perdieron en la noche.
A la mañana siguiente, los vecinos notaron que el cerdo de Ernesto estaba suelto, caminando por el pueblo. Al acercarse a la granja, no encontraron rastro del granjero, solo marcas profundas en el suelo, como si alguien hubiera sido arrastrado hacia el bosque.
Desde entonces, cada luna llena, los habitantes aseguran escuchar risas extrañas y pasos pesados que se acercan a sus casas. Algunos dicen que si ves al cerdo negro frente a tu puerta, no debes mirarlo a los ojos… o terminarás como Ernesto.