03/07/2026
"¿Y si sí?… ¿Podremos sobrevivir a nosotros mismos?"
Tengo 44 años y no recuerdo un Mundial como éste.
He visto grandes generaciones, victorias memorables y derrotas dolorosas. Durante décadas, los mexicanos nos acostumbramos a ilusionarnos mientras, en el fondo, nos preparábamos para la decepción.
Pero esta vez algo es diferente.
México ganó sus primeros tres partidos sin recibir gol. Entonces dijimos: “Ahora viene Ecuador”.
Ecuador tenía una plantilla mucho más cara, jugadores en grandes clubes de Europa y, para muchos, era favorito.
México le ganó 2-0.
Cuatro partidos. Cuatro victorias. Cero goles recibidos.
Y por primera vez en mi vida veo algo que antes parecía prohibido: mexicanos atreviéndose a creer en voz alta.
"¿Y si sí?"
¿Y si México le gana a Inglaterra? ¿Y si puede competir con Brasil? ¿Y si esta generación de jóvenes, guiada por algunos de sus propios héroes, todavía no ha encontrado su límite?
Hay que ser cautos. México no es favorito por encima de Argentina, Francia o España. Pero también empieza a ser absurdo negar que algo extraordinario está sucediendo.
México ya está haciendo historia.
Y, sin embargo, mientras más crece mi ilusión, también crece mi miedo.
Porque hay otra pregunta que debemos hacernos:
"Si México llega mucho más lejos… ¿estamos preparados para celebrarlo?"
Al principio del Mundial nos ganamos fama como una de las mejores aficiones y los mejores anfitriones. Vimos mexicanos conviviendo con aficionados extranjeros, intercambiando camisetas y celebrando juntos.
Ése es México.
Pero en las últimas celebraciones hemos visto otro rostro.
Destrucción. Violencia. Conductores alcoholizados. Personas trepando estructuras. Gente que confunde la euforia con el permiso para hacer cualquier cosa.
Y esto ya no puede tomarse a broma.
Cada Navidad y Año Nuevo hay personas que celebran disparando armas al aire. Cada año hay víctimas de balas perdidas.
Ahora imaginemos algo que ninguna generación viva de mexicanos ha experimentado:
México campeón del mundo. En casa.
No sólo saldríamos a festejar quienes lloramos con un gol y queremos abrazar al desconocido de al lado.
También saldrían los violentos. Los borrachos que creen que pueden conducir. Las personas armadas. Quienes sienten que, cuando hay una multitud, las reglas desaparecen.
Y no hace falta que sean mayoría.
En una multitud de millones, una minoría irresponsable basta para provocar una tragedia.
Por eso tenemos que entender algo desde ahora:
"Celebrar también es cuidar."
Si México gana, grita. Llora. Abraza. Sal a celebrar.
Pero no manejes borracho.
No dispares un arma.
No destruyas.
No bloquees una ambulancia.
No conviertas tu felicidad en la tragedia de alguien más.
Y las autoridades también deben entenderlo: no podemos esperar a una semifinal o una final para improvisar. Poner límites no es reprimir la alegría. Controlar una zona saturada y mantener libres las rutas de emergencia no es arruinar la fiesta.
Es permitir que todos regresemos vivos a casa.
Quizá Inglaterra termine el sueño. Quizá Brasil, Argentina o cualquier otra potencia nos recuerde lo difícil que es ganar un Mundial.
Pero por primera vez en mis 44 años, el famoso “¿Y si sí?” ya no me parece una fantasía ridícula.
Y precisamente por eso debemos hacernos otra pregunta:
¿Podremos estar a la altura de nuestra selección?
Los jugadores están mostrando disciplina, humildad, compañerismo y autocontrol.
Tal vez la mejor forma de apoyarlos sea aprender algo de ellos.
Si llega la noche más feliz en la historia del fútbol mexicano, que nuestros hijos la recuerden por los abrazos, las lágrimas y las calles llenas de alegría.
No por las balas.
No por los mu***os.
No por la destrucción.
Soñemos. Creamos.
"¿Y si sí?"
Pero, si sí…
que sobrevivamos todos para contarlo...