20/08/2025
LA ELECCIÓN...
Era una criatura inquietante; divisaba a lo lejos a la gente, analizándola, observándola, tratando de imitarla para encajar entre ellos.
Se ocultaba entre los arbustos: algunos le temían, otros se preguntaban quién era; unos cuantos lograban acercarse y entablar una breve charla con la criatura. Pero también existían quienes preferían verla lejos de los demás y mantener su distancia muy bien establecida.
Llegaba la noche y, en ocasiones, salía a espiar por las ventanas. Agujeros y rincones donde pequeños rayitos de luz se colaban, iluminando la escena que estaba por contemplar.
En una habitación, una madre cubría con la manta a un pequeño y le daba un beso antes de irse a dormir. El niño, con miedo, volteaba a la ventana, señalándola para que la tapara y así no ver ningún “monstruo”.
—No hay nada allí —dijo la madre, mientras el cuerpo de aquel ser pasaba sonriendo, haciendo una seña de silencio y guiñando el ojo para que el tierno muchachito no le temiera. El niño sonrió; la madre volteó preguntando a quién miraba, pero él solo se rió, se cubrió con su manta y se dispuso a dormir.
La criatura siguió su recorrido. A unos cuantos metros de distancia se percibía una luz muy tenue y algunos extraños sollozos que no parecían de padecimiento. Por la rendija, se asomó: aquella casa era habitada solo por una pareja.
Entre sábanas veía aquella danza de cuerpos desnudos, en donde la pareja se entregaba con intensidad.
De nuevo asomó apenas una parte de sí por la ventana: la chica de aquella escena abrazaba hasta casi fundirse en el cuerpo de quien la poseía; excitada, en su delirio de placer, gotas de sudor brillaban en su frente. Fue entonces cuando giró la mirada hacia la criatura y él se sorprendió. Pero ella solo hizo un gesto de disfrute y éxtasis, sin poder expresar más, pues no podía desprenderse de aquella energía.
La criatura sacudió su cabeza, intentó comprender; sin embargo, solo sintió curiosidad y sonrió: “Eso debe ser algo bueno”, pensó para sí.
Continuó su camino, más al fondo de aquel pueblo, ya con pasos cansados pero con la disposición de seguir observando a quienes lo habitaban.
Más adelante llegó a una casa en donde vivía un hombre mayor. Desde la ventana alcanzó a verlo sentado en el sofá, en una casa un poco más oscura que las demás.
Con vestimenta de dormir, el hombre parecía admirar algo, tocándolo con aquel sentimiento de dolor, amor y ausencia.
Una lágrima corrió por la mejilla del anciano, que no dejaba de posar su mano sobre un retrato. La criatura no comprendía a quién lloraba aquel hombre. “¿Qué pasaba?, ¿quién era?, ¿quién le producía tanto dolor?”.
El hombre se puso de pie y dejó aquel retrato en una mesa, pero aun así la criatura no alcanzó a ver de quién se trataba.
Continuó observando a aquel ser lleno de tristeza que se dirigía a descansar: lavó sus manos, apagó las luces y dejó solo una pequeña lámpara que emitía un resplandor tenue en su cuarto.
Dejó sus pantuflas, jaló las sábanas, se sentó sobre la cama y suspiró de nuevo con tristeza, dando la espalda hacia el otro lado de la cama…
La criatura lo entendió entonces: de ese lado de la habitación todo era más gris, más oscuro, y aquel hueco enorme era tan evidente como el vacío en el corazón del anciano.
La criatura pensó: “Qué extraños son los seres humanos. Cuántas emociones, cuántas tristezas, cuántas alegrías, cuántos momentos buenos y malos… cómo son capaces de vivir con tanto”. Refunfuñó un poco más y siguió quejándose de haber observado tanto de ellos. Pensó en sí mismo: “Vaya de lo que me he salvado siendo solitario.
No he amado, no he querido, no he extrañado, no me han extasiado, no he perdido, no me han dañado… Pero ¿será lo ideal continuar solo, aprendiendo desde lejos, o arriesgarme a buscar aquello que me convierta en el ser más feliz del mundo y, al mismo tiempo, algún día me haga el más triste que jamás quisiera ser?”.
Regresó a su lugar y continuó vagando. La respuesta y la decisión quizá algún día llegarían… quizá no.