Emprendedoras de Sueños, A.C. Mujeres Artesanas y Bordadoras de Oaxaca

Emprendedoras de Sueños, A.C. Mujeres Artesanas y Bordadoras de Oaxaca grupo de mujeres Artesanas del sureste de México .

22/06/2026

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17/06/2026

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12/06/2026
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10/06/2026

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Hoy deseamos contarles la hermosa leyenda del traje de Yalálag, población ubicada en la Sierra Norte del estado de Oaxac...
10/06/2026

Hoy deseamos contarles la hermosa leyenda del traje de Yalálag, población ubicada en la Sierra Norte del estado de Oaxaca, que cuenta con un huipil de lo más hermoso y que, como todas nuestras prendas, tiene una profunda cosmología.
Cuenta la leyenda que antes de la llegada de los españoles, nuestros ancestros tenían en cierto lugar del bosque un árbol de copal de gran magnitud. Este gigante verde era el centro de adoración de los yalaltecos; ahí hacían sus ritos, celebraban sus fiestas y pedían a la tierra y a los fenómenos de la naturaleza todo lo que ellos querían, quemando sus resinas aromáticas para hablar con los dioses.
A su llegada, los españoles vieron que en ese lugar los antiguos habitantes tenían su adoratorio, rituales o ceremonias. Como sucedió en muchos otros pueblos donde existían centros ceremoniales, los colonizadores construían las iglesias justo encima para borrar la fe nativa, y Yalálag no fue la excepción. Llegaron los españoles y tumbaron ese árbol de copal sagrado. Según la leyenda, tardaron varios días en cortarlo pues era un árbol enorme; pero al lograr su cometido y derribar a ese coloso, ocurrió un prodigio: se cuenta que salió de entre las ramas una gran serpiente negra.
Aquí las leyendas varían: unos dicen que del árbol brotó una mujer majestuosa que ya habitaba espiritualmente el bosque, y otros dicen que apareció una mujer yalalteca vestida con su traje blanco original. En ese instante divino, la serpiente negra subió por el cuerpo de la mujer y se enrolló en su cabeza, dándole forma al místico "Rodete o Tlacoyal" de lana negra. De las raíces del copal herido salieron más serpientes que subieron por todo su traje. Para representarlas en la actualidad, el huipil lleva tiras de flores al frente, a los costados y atrás. Además, del cuello de la mujer brotó un collar con cuentas rojas y doradas, que son la representación viva de las serpientes de coralillo del monte. El hecho de usar el rodete y este collar es parte de la promesa de no olvidar su cultura ni a sus dioses, una manera de resistencia que hasta la actualidad se sigue haciendo.
Tras aquel encuentro sagrado, la indumentaria de Yalálag se convirtió en un códice vivo, donde cada elemento comenzó a narrar una parte del universo.
Siguiendo el rastro de aquellas serpientes místicas, las mujeres se sentaron frente al telar de cintura e hilaron el algodón nativo en tres lienzos perfectos para formar el Huipil. Cada lienzo representa un plano del cosmos zapoteca: el cielo, la tierra y el inframundo. Para unir estos tres mundos, crearon el trenzado o "tirabuzón", una gruesa trenza de hilos de seda que nace del escote en "V" y cae sobre el pecho y la espalda, simulando el cordón umbilical de la comunidad con su pasado. En los días de alegría y fiesta, el huipil blanco celebra la luz y la fertilidad; pero cuando el luto o las ceremonias comunitarias lo exigen, se viste una variante de fondo negro con bordados dorados, evocando las estrellas de la noche.
Para la parte baja del cuerpo, las mujeres tiñeron el algodón con la corteza de los árboles locales, logrando los tonos cafés oscuros y negros del Enredo. Esta falda abraza las piernas imitando la forma en que los cerros de la Sierra Norte protegen al pueblo.
Para sostener esta pesada falda, recurrieron a la naturaleza de su entorno y tejieron el Soyate, un cinturón rígido elaborado a base de tiras de palma tejidas al estilo petate, que le da fuerza al vientre y la rectitud de un tronco fuerte. Sobre el soyate, amarraron el Ceñidor o faja de algodón tejida a mano, que actúa como la línea del horizonte, dividiendo el mundo espiritual del huipil del mundo terrenal del enredo.
El Rodete, nacido de la serpiente del copal, se convirtió en una corona circular que representa el tiempo cíclico zapoteca. Con el paso de los siglos, este peinado desarrolló un lenguaje comunitario: si la mujer es casada y goza del respeto de la comunidad, los extremos sueltos de la lana se acomodan hacia atrás, honrando su linaje; si es soltera, las puntas o flecos se lucen a los costados de la cara, avisando al viento que la vida está lista para florecer en ella.
Justo sobre el pecho, colgando del collar de coralillo, las mujeres colocaron la Cruz de Yalálag hecha de plata de ley, trabajada con técnicas antiguas de fundición y cincelado. Aunque los ojos españoles vieron en ella un símbolo católico, la sabiduría indígena camufló en la parte superior los rasgos estilizados de Cocijo, el dios zapoteca de la lluvia y el rayo, transformando la joya en un amuleto que repele los "malos aires" del monte. De sus brazos de plata penden delgadas cadenas con corazones alados, que simbolizan el valor del servicio comunitario (el tequio), y pequeños gallitos que anuncian el amanecer. Las piedras preciosas que a veces se le incrustan llevan el color de la cosmogonía: el verde para la tierra agrícola, el amarillo para lo femenino, el azul para lo masculino y el rojo para el fuego divino.
En la base de todo este universo viviente se encuentran los Huaraches Yalaltecos. Confeccionados con correas anchas de cuero aceitado de alta calidad y un diseño de punta semi-cubierta en el frente, están hechos para resistir los caminos empinados, pedregosos y difíciles de la Sierra Norte. Unidos a la suela mediante un tejido de tiras gruesas, los huaraches son las raíces móviles de la mujer yalalteca, recordándole que mientras su mente conversa con los dioses, sus pies deben estar bien plantados en el suelo sagrado.
Este traje es el testimonio más hermoso de la resistencia de las comunidades indígenas. Cada vez que una mujer viste su indumentaria, el gran árbol de copal derribado vuelve a levantarse con orgullo, la serpiente negra despierta en su cabeza y la memoria de sus ancestros vuelve a caminar sobre la tierra.
📸 fotos de: Izven Salmeron Altamirano

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