03/11/2025
Eran apenas las cuatro de la tarde.
El sol se colaba de lado por la ventana del taller, y el zumbido de la máquina de coser parecía impaciente por arrancar el segundo turno del día.
Me senté frente a ella, dispuesta a empezar, cuando escuché el motor de una moto detenerse justo afuera.
Un señor de unos sesenta y tantos años entró, quitándose el casco con cierta desesperación.
—Señora Angiee… ayúdeme con este cierre, por favor.
—¿A ver? —le dije, mientras me mostraba una mochila que había perdido su broche.
—Tengo dos semanas intentando arreglarla… ya me di por vencido.
La tomé entre las manos. El cierre se veía rebelde, de esos que parecen burlarse del dueño.
Me senté frente a la máquina y, con esa paciencia que sólo el hilo conoce, coloqué la pieza en su sitio.
Quedó un poco chueca, la quité, la volví a poner, y esta vez la aseguré con unas puntadas firmes.
Cinco minutos bastaron.
Mientras trabajaba, él me observaba con la curiosidad de quien ve un truco de magia.
Y de pronto suelta:
—¿Sabe qué, señora? Me recuerda a mi abuelita. Ella también era costurera.
Mmm… pensé. ¿Lo dirá porque me ve viejita? ¿O porque su abuelita y yo compartimos la misma paciencia de las manos que cosen silencios?
Jaaaa… mejor no pregunto.
Le entregué la mochila.
—¡Qué bárbara! —dijo maravillado—. Yo lo intenté muchas veces y nunca pude.
-Me ha hecho la tarde!!
Le cobré, me pagó con gusto y además dejó una propina extra.
Yo sólo le sonreí, mientras me puse a su disposición para algún otro trabajo
El motor de su moto volvió a rugir afuera, y mientras el ruido se alejaba, me quedé mirando mis manos.
Cinco minutos de hilo y atención bastaron para recordarme por qué amo mi trabajo.
Porque no sólo reparo cierres… también recompongo un poquito el ánimo de quien entra al taller. ✂️✨
Angiee