16/05/2017
De revoluciones, tejidos y aguacates
A mediados de los años ochenta, Marta Ruiz llegó a Nicaragua y le bastó con una larga caminata por los parajes indígenas y campesinos de Matagalpa para decidir que en esas tierras quería pasar el resto de su vida. Eran tiempos de sueños y de revolución. A pesar de la cruenta guerra contrarrevolucionaria y el bloqueo económico impuesto por las principales potencias mundiales, el gobierno sandinista impulsaba cooperativas agrarias, llevaba adelante campañas masivas de alfabetización y prometía cambiar las reglas del juego en uno de los países más desiguales del planeta.
Marta se instaló en una inhóspita comunidad campesina llamada El Chile y se propuso rescatar los telares indígenas, prohibidos durante siglos por los hacendados y los gobernantes de la región. "No pierda el tiempo, señora. Ellas no saben tejer, sólo sirven para cocinar, para criar hijos y no mucho más", le contestaron los hombres cuando preguntaba por las mujeres con quienes soñaba llevar adelante tamaña empresa. En esos primeros días, Marta comenzó a levantar una casita y sembró, en su patio, una planta de aguacates.
De tanto insistir y de tanto esperar, un día los hombres se cansaron, bajaron la guardia y Marta pudo reunir a un grupo de tejedoras. La memoria fue brotando de las más ancianas y, muy rápidamente, entre todas pudieron llevar adelante la tarea de reconstruir los telares y ponerlos a funcionar. Los tejidos indígenas, rebalsantes de colores y creatividad, se expandieron hacia los cuatro puntos cardinales. Todos los días de aquellos tiempos históricos, Marta salía al alero de su casa a recibir el fresco de la tarde y a ver si alguna palta se anunciaba en los brotes del árbol. Pero nada.
Pasaron los años y a la revolución nicaragüense se la llevaron los mil demonios. Muchos de afuera, pero también algunos de adentro. Sin embargo, la cooperativa de tejedoras resistió los embates de los nuevos tiempos, más proclives a festejar las banalidades y a consumir las efímeras modas. La mujeres de El Chile ahora podían mirar de igual a igual a sus maridos, ya que los ingresos de los telares sostenían los hogares de una zona campesina arrasada por los años neoliberales.
Algunas décadas después, el año en que Marta Ruiz decidió que sus inquietudes de joven inclaudicable la llevarían hacia otras tierras y hacia otros sueños, el aguacate explotó en una multitud de carnosos frutos. En vez de estallar en iras o en reproches frente a la vida o la naturaleza por los años de espera, Marta se dedicó a sonreir y a comer en innumerables manjares su única cosecha. Y así, con una sonrisa, dejó esas tierras a las que le entregó los mejores años de su vida. Ambas, Marta y Nicaragua, se vieron renacer una y mil veces.