10/08/2026
SOBREVIVIR A LA SEMIOSFERA
Crónica de una ponencia en el Congreso de Críticas del Sur
He vuelto a casa. He ordenado mi cuarto. He ordenado mi mente. Y ahora escribo esto no como un desahogo, sino como un registro de lo que significa ser mujer, andina, formalizadora y creadora en un espacio que se autodenomina "crítico".
Llegué con una herramienta. No llevaba un discurso poético. No llevaba quejas. No llevaba victimización. Llevaba objetividad. Llevaba el Sistema Ontológico Relacional, un modelo que formaliza matemáticamente lo que las comunidades andinas saben en la práctica: que cuando el Estado roba, el pueblo compensa con reciprocidad. Llevaba la Ley de Compensación Territorial, que no pide ser aprobada por el Congreso porque no es una ley positiva. Es una ley natural. Describe cómo funciona el sistema real, con o sin reconocimiento del Estado. Llevaba una respuesta a una pregunta que nadie ha respondido en décadas: ¿quién sostiene realmente la vida material de un país cuando sus instituciones entran en parálisis? La respuesta es el pueblo. Siempre el pueblo. Y lo demostré con números.
Pero nadie quiso escuchar. No porque no entendieran. Sino porque entenderlos les costaba demasiado. Entender mi ponencia implicaba admitir que su discurso crítico es un mito que oculta su propia reproducción del poder. Implicaba reconocer que su "comunidad" declarada es un simulacro que excluye a quienes vienen del territorio. Implicaba aceptar que la formalización es la única forma de enfrentar al poder de tú a tú, y que ellos no han tenido el valor de hacerlo. Por eso me dijeron que fue "interesante, pero muy técnico", que "el marco teórico estuvo fácil de entender", que "cumplí con mi ponencia". Códigos todos para decir: no entendí, pero no quiero admitirlo; ya sabíamos todo esto, no aportaste nada nuevo; ahora siéntate y no molestes.
Y cuando hablé, se hicieron los distraídos. Cuando pregunté, no me respondieron. Cuando me acerqué, se pusieron delante. Vi cómo los hombres se interponían para que no me vieran. Vi cómo las figuras de élite del medio, a quienes admiraba, no respondieron a mi intervención. Vi cómo la estética física ortodoxa con cargos honoríficos sí es oída, mientras los gitanos solitarios y cobres éramos ignorados. Vi cómo los que hablan de "comunidad" se aislaban en burbujas de amigos. Vi cómo los que se quejan del sistema reproducían el sistema. Vi cómo los que dicen buscar justicia excluían a quien traía justicia.
Yo era la gitana sin burbuja. La única que no tenía red de protección. La única que vino del territorio, no del escritorio. La única que formalizó, no especuló. Y por eso creen poder excluirme.
Entonces les pregunté: si tanto se quejan desde que tengo uso de razón de lo mismo —que no son escuchados, que son juzgados de folkloristas, que su discurso es subjetivo y romantizado—, ahora que les doy el arma que necesitan, ¿por qué no la toman? No respondieron. Porque la queja es cómoda. La acción formalizada es incómoda. La queja no exige salir del escritorio. La formalización exige bajar al territorio. La queja no exige aprender quechua. La formalización exige escuchar a las comunidades. La queja no exige enfrentar al poder. La formalización exige hacerlo de tú a tú, con números, con datos, con verdad. Ellos prefieren la queja. Yo elegí la verdad.
Este congreso no fue un fracaso. Fue un estudio de campo, mi (opportunistic research). Aprendí que la semiosfera clausurada existe. Se autoreproduce, se protege, excluye. Aprendí que el discurso crítico puede ser un mito que oculta la reproducción del poder. Aprendí que la formalización es la única arma que el poder no puede ignorar. Aprendí que la exclusión es estructural: género, raza, clase, disciplina, todo opera para mantener el statu quo. Aprendí que la comunidad declarada es a menudo un simulacro de comunidad. Aprendí que la queja es la identidad de los que no quieren transformar. Y aprendí que, a pesar de todo, la verdad siempre encuentra un camino.
No sé si volveré a ese terruño. Probablemente no. No porque haya perdido, sino porque ya no necesito su validación. Mi audiencia no está en esa sala. Está en el territorio sin burbuja ni burbujitas. En las comunidades que practican el ayni y la minka. En los estudiantes que sí quieren aprender. En los investigadores que sí quieren transformar. A ellos les digo: la Ley de Compensación Territorial describe cómo sobrevivimos. Ahora, con esa ley en la mano, debemos decidir cómo queremos vivir. Y yo elijo vivir sin pedir permiso.
AyD Torres
Autora del Sistema Ontológico Relacional (SOR)
Formalización del pensamiento andino
"Veo burbujas, burbujitas y burbujotas por todos lados. Sin excepción."