05/11/2025
Pasa con los elefantitos, pasa con los bebitos.
Si les dicen que les dejen dormir solos, que se harán independientes, no es cierto, se estresaran y su cerebro inmaduro se afectará y por el contrario, perderán seguridad… no lo hagan. Abracen a sus wawitas y denles mucho amor, sobre todo de noche.
En los refugios del David Sheldrick Wildlife Trust, en Kenia, la oscuridad no siempre trae silencio. Algunas noches se llenan de gritos pequeños, de trompas temblorosas que buscan a una madre que ya no está. Son las crías de elefante huérfanas por la caza furtiva, demasiado jóvenes para entender la pérdida, demasiado heridas para dormir.
Pero no están solas.
A su lado, los cuidadores del santuario permanecen despiertos, susurrándoles palabras suaves, tocando sus frentes con ternura, imitando el gesto con que una madre elefanta consuela a su hijo. Ellos saben que los elefantes no solo recuerdan: también sienten, lloran y aman.
Cada noche, estos hombres y mujeres duermen junto a los pequeños, sobre colchones delgados, envueltos en mantas, con biberones y linternas a su alcance. Son su familia temporal, su consuelo en un mundo que les arrebató demasiado pronto la inocencia.
Y en medio del dolor, ocurre algo hermoso: las crías dejan de gritar. Se acercan a sus cuidadores, los tocan con la trompa y se duermen al fin.
No hay ciencia ni técnica en ello, solo empatía y amor, el lenguaje universal que une a dos especies distintas bajo la misma noche africana.