04/02/2026
LA AUDITORÍA DE UNA MADRE HERIDA: SANAR BAJO EL ASEDIO.
"UNA CRÓNICA DE RESISTENCIA Y VIOLENCIA VICARIA EN EL CORAZÓN DE EL SALVADOR".
AUTOR: TALI. M
CAPÍTULO 6
REESTRUCTURACIÓN EMOCIONAL
En contabilidad, después de una crisis, ningún auditor pregunta primero por las ganancias.
Pregunta por los daños.
Mi cuerpo fue el primer estado financiero que habló.
La presión arterial comenzó a subir como un indicador de riesgo que yo no quería leer. Los médicos lo llamaron hipertensión; la psicología lo explica como efecto del estrés prolongado; yo lo entendí como intereses acumulados de años de miedo.
El organismo también lleva libros contables.
Cada amenaza fue un asiento.
Cada audiencia, un cargo.
Cada desvelo, un sobregiro.
Mi balance personal quedó así:
activo emocional deteriorado,
pasivos legales crecientes,
patrimonio familiar fracturado
y un cuerpo avisando que ya no podía sostener más deuda.
Aceptar ayuda fue mi primer movimiento de rescate.
Los psiquiatras hablaron de tratamiento; yo lo vi como un plan de saneamiento. Los psicólogos hablaron de límites; yo los registré como nuevas políticas internas. Y el cardiólogo me explicó que la presión alta no era “debilidad”, sino memoria física del peligro.
Comprendí que la violencia no solo rompe la mente:
también presiona las arterias,
acelera el corazón,
acorta la respiración.
EL EXPEDIENTE DE MI HIJO
En medio de mi intento por reestructurarme apareció otra cuenta por cobrar:
una demanda en el juzgado de niñez y adolescencia donde él solicitaba los cuidados personales de mi hijo de seis años.
Mi niño, que apenas aprende a escribir su nombre, empezó a ser tratado como un expediente. Lo llamaron una y otra vez a “escuchas de menores”, como si su voz no hubiera sido ya suficientemente clara.
Aun así, continúan citándolo.
La psicología advierte que la exposición repetida de un niño a interrogatorios innecesarios puede convertirse en una forma de revictimización. Yo lo veía con otros ojos: era un cobro emocional directo contra mi hijo para quebrarme a mí.
En mis notas contables anoté:
horas de escuela perdidas,
nervios antes de cada cita,
preguntas que un niño no debería responder,
una madre sosteniendo la mano pequeña mientras el sistema la examina.
El tribunal conoce el dicho de mi hijo, conoce su voluntad, y pese a ello el proceso sigue abierto, como una factura que alguien se niega a cerrar. Para él es una estrategia; para nosotros, un desgaste cotidiano.
La psicología me dio palabras; la contabilidad me dio orden.
Aprendí que el trauma es un error repetido en el libro mayor y que sanar es corregirlo sin borrar la verdad.
Me hicieron creer que dar más era invertir mejor,
que aguantar era proteger a mis hijos,
que callar generaba utilidades.
La terapia desmontó esa contabilidad falsa. El abuso funciona como empresa fantasma: promete estabilidad y deja enfermedad.
Empecé a distinguir:
dolor real de culpa impuesta,
síntoma físico de amenaza externa,
ansiedad de peligro objetivo.
Mis hijos fueron el termómetro del cambio.
Cuando yo me desbordaba, ellos también.
Cuando comencé a cuidarme —medicación, terapia, rutinas— la casa respiró distinto. La psicología lo llama regulación; yo lo anoté como mejora del flujo de vida.
Hubo días en rojo:
días de presión alta y lágrimas como rio desbordado,
días en que el duelo por mi madre pesaba como deuda impagable,
días en que la ausencia de mi hija, dolía como activo perdido,
días en que otra citación para mi hijo me hacía sentir nuevamente al borde.
Pero aparecieron pequeñas utilidades:
—una consulta médica a tiempo,
—una noche con latidos tranquilos,
—un examen aprobado en la universidad,
—un “no” dicho sin culpa,
—mi hijo repitiendo con firmeza: quiero estar con mi mamá.
Estudiar psicología se volvió mi acto de legítima defensa.
No para entenderlo a él, sino para entender lo que nos había ocurrido. Descubrí los nombres: estrés postraumático, violencia vicaria, coerción, somatización. Cada concepto era como cuadrar una cuenta antigua.
Entonces pude mirarme sin vergüenza:
no era una mujer frágil,
era una sobreviviente con el cuerpo cobrando facturas.
Este capítulo no habla de venganza.
Habla de contabilidad del cuidado:
de cerrar cuentas incobrables,
de crear provisiones para la salud,
de proteger a un niño del uso judicial excesivo,
de aceptar que hay activos que no regresan
y que, aun así, el balance puede volver a respirar.
Aprendí a registrar también lo bueno:
la medicina tomada a tiempo,
la caminata corta,
la risa de mis hijos,
el pulso que vuelve a su ritmo.
Todavía quedan procesos abiertos, es cierto.
Pero yo ya no era solo la demandada:
era la auditora de mi propia vida.
Mi razón social cambió:
de sobrevivir al miedo
a administrar mi sanación y la protección de mis hijos.
Y por primera vez, el ejercicio comenzó a cerrar con un signo distinto:
esperanza con presión estable, el temor a mi integridad física y la de mi red de apoyo sigue Pero yo no me puedo rendir, mi hijo pequeño aún necesita de mi.
Secretaría de Prensa, Presidencia de la República de El Salvador
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