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07/02/2026

quien va de Usulután a san Salvador mañana se necesita enviar encomienda

07/02/2026





Mi hija miraba el calendario como si ahí pudiera aparecer un milagro.
—Mami, ¿creés que papá va a venir a mi cumpleaños? —me preguntaba con una esperanza chiquita, casi escondida.
Yo le escribía a él, le decía: “La niña te necesita, aunque sea un ratito”.
Del otro lado solo había excusas: que no podía, que no le alcanzaba el tiempo, que yo me encargara. Palabras frías para un corazón tan pequeño.
Cuando colgaba el teléfono, la encontraba en su cuarto, con los ojos aguados.
—Mi amor, ¿qué te pasa? —le decía abrazándola.
—Yo quisiera tener un papá como todos los niños… un papá normal.
Sentí que el pecho se me rompía.
—¿No te basta con el amor que te doy? —le pregunté—. Trabajo por vos, lucho por vos. Pero no puedo ser mamá y papá al mismo tiempo. Soy solo tu mamá… la que lo da todo por vos.
Ella se quedó calladita, aferrada a mí, como si mi abrazo pudiera llenar todos los vacíos. Y yo entendí que, aunque me esforzara el doble, había ausencias que no se explican, solo se sienten.
Autor Tali M.

05/02/2026

LA AUDITORÍA DE UNA MADRE HERIDA: SANAR BAJO EL ASEDIO.
"UNA CRÓNICA DE RESISTENCIA Y VIOLENCIA VICARIA EN EL CORAZÓN DE EL SALVADOR".
AUTOR: TALI. M
CAPÍTULO 7
REESTRUCTURACIÓN EMOCIONAL

Lo que nombro para seguir viva
Este libro sí está abierto, así como las heridas de mi corazón.
No puede cerrarse todavía, porque hay cuentas pendientes que la vida deberá saldar y recuerdos que aún estoy aprendiendo a digerir. Lo escribo desde mi mirada de mujer y también desde mi camino como estudiante de psicología, intentando comprender lo que me ocurrió y lo que todavía me sobrepasa.
Estas páginas han sido mi manera de hacer catarsis después de tanto sufrimiento y de tanto dolor. Cada capítulo, el anterior y el presente, ha sido un intento de sacar al aire lo que durante años guardé en silencio. No escribí para convertirme en alguien famosa, ni para fabricar un relato que entretenga. Escribí porque entendí que callar también enferma, y que ponerle nombre a lo vivido es una forma de volver a respirar.
Quiero que quien me lea sepa que la violencia no siempre tiene golpes visibles. A veces lleva traje, lenguaje jurídico y sonrisa correcta. A veces aprende a darle vuelta a la realidad, a provocar reacciones para luego usarlas en tu contra, a sembrar enemistad incluso en el corazón de tus propios hijos. Esa es la violencia que casi nadie quiere mirar.
Yo fui —y soy— una madre común, que amó a sus hijos desde el vientre y que cargó sola el peso de criarlos, de trabajar, de sostener un hogar. Nunca fueron una carga para mí; la carga fue la injusticia, la manipulación, el abandono institucional. Toqué puertas de todas las instituciones gubernamentales y no gubernamentales, buscando protección y muchas veces encontré silencio o más violencia porque en algunos de estos lugares se me acuso de andar peleando caprichos, incluso hubo una fiscal me dijo dejara de pelear por mis hijos por que mi ex pareja decía que yo estaba demente, Hubo días en que me sentí vulnerable, amenazada, desprotegida, como si mi voz no valiera nada. Pero también hubo algo que no pudieron quitarme: la certeza de que mi verdad merecía ser contada.
Hablo hoy para que otras mujeres reconozcan las señales, para que no se dejen deslumbrar por discursos que disfrazan el abuso de legalidad. Para que entiendan que no están locas cuando sienten miedo, que no son malas madres por defenderse, que el amor no se demuestra destruyendo a quien alguna vez te confió su vida.
Este libro es mi forma de transformar el dolor, de volverlo palabra y no cadena. Estoy cansada de la máscara de perfección, de fingir una vida que nunca existió. Tengo una vida real, con tropiezos y pequeños triunfos, y también con la experiencia más dura que he enfrentado.
Antes de cerrar estas líneas, quiero agradecer.
Agradecer profundamente, desde lo más hondo de mi ser y de mi alma, a esas personas que, sin llevar mi sangre, se convirtieron en mi verdadera red de apoyo. Ellos y ellas saben quiénes son. No nos unen apellidos, nos unen lazos de alma, y eso ha sido más fuerte que cualquier otra cosa.
Gracias por su empatía, por creerme cuando dudé de mí misma, por sostenerme cuando me sentí caer, por acompañarme cuando todo parecía perdido. Gracias por demostrarme que la injusticia no debe reinar sobre la justicia y que aún existen manos dispuestas a levantarte sin pedir nada a cambio. Este camino también les pertenece.
Escribo para respirar mejor.
Para que mis hijos conozcan mi versión.
Para que otra mujer, en algún lugar, lea estas líneas y entienda que no está sola.
Mi libro sigue abierto y también mi corazón, y algún día, si es que no me muero, deseo cerrarlo, con un final, libre de tanto abuso, con la esperanza de sanar y vivir una vida en paz para mi y mi familia.

Secretaría de Prensa, Presidencia de la República de El Salvador

Emocionalmente acabada, auxilio por favor, revisen mi caso, por humanidad

Últimos caderines, estilos especiales
05/02/2026

Últimos caderines, estilos especiales

04/02/2026

LA AUDITORÍA DE UNA MADRE HERIDA: SANAR BAJO EL ASEDIO.

"UNA CRÓNICA DE RESISTENCIA Y VIOLENCIA VICARIA EN EL CORAZÓN DE EL SALVADOR".
AUTOR: TALI. M

CAPÍTULO 6
REESTRUCTURACIÓN EMOCIONAL

En contabilidad, después de una crisis, ningún auditor pregunta primero por las ganancias.
Pregunta por los daños.
Mi cuerpo fue el primer estado financiero que habló.
La presión arterial comenzó a subir como un indicador de riesgo que yo no quería leer. Los médicos lo llamaron hipertensión; la psicología lo explica como efecto del estrés prolongado; yo lo entendí como intereses acumulados de años de miedo.
El organismo también lleva libros contables.
Cada amenaza fue un asiento.
Cada audiencia, un cargo.
Cada desvelo, un sobregiro.
Mi balance personal quedó así:
activo emocional deteriorado,
pasivos legales crecientes,
patrimonio familiar fracturado
y un cuerpo avisando que ya no podía sostener más deuda.
Aceptar ayuda fue mi primer movimiento de rescate.
Los psiquiatras hablaron de tratamiento; yo lo vi como un plan de saneamiento. Los psicólogos hablaron de límites; yo los registré como nuevas políticas internas. Y el cardiólogo me explicó que la presión alta no era “debilidad”, sino memoria física del peligro.
Comprendí que la violencia no solo rompe la mente:
también presiona las arterias,
acelera el corazón,
acorta la respiración.
EL EXPEDIENTE DE MI HIJO
En medio de mi intento por reestructurarme apareció otra cuenta por cobrar:
una demanda en el juzgado de niñez y adolescencia donde él solicitaba los cuidados personales de mi hijo de seis años.
Mi niño, que apenas aprende a escribir su nombre, empezó a ser tratado como un expediente. Lo llamaron una y otra vez a “escuchas de menores”, como si su voz no hubiera sido ya suficientemente clara.
Aun así, continúan citándolo.
La psicología advierte que la exposición repetida de un niño a interrogatorios innecesarios puede convertirse en una forma de revictimización. Yo lo veía con otros ojos: era un cobro emocional directo contra mi hijo para quebrarme a mí.
En mis notas contables anoté:
horas de escuela perdidas,
nervios antes de cada cita,
preguntas que un niño no debería responder,
una madre sosteniendo la mano pequeña mientras el sistema la examina.
El tribunal conoce el dicho de mi hijo, conoce su voluntad, y pese a ello el proceso sigue abierto, como una factura que alguien se niega a cerrar. Para él es una estrategia; para nosotros, un desgaste cotidiano.
La psicología me dio palabras; la contabilidad me dio orden.
Aprendí que el trauma es un error repetido en el libro mayor y que sanar es corregirlo sin borrar la verdad.
Me hicieron creer que dar más era invertir mejor,
que aguantar era proteger a mis hijos,
que callar generaba utilidades.
La terapia desmontó esa contabilidad falsa. El abuso funciona como empresa fantasma: promete estabilidad y deja enfermedad.
Empecé a distinguir:
dolor real de culpa impuesta,
síntoma físico de amenaza externa,
ansiedad de peligro objetivo.
Mis hijos fueron el termómetro del cambio.
Cuando yo me desbordaba, ellos también.
Cuando comencé a cuidarme —medicación, terapia, rutinas— la casa respiró distinto. La psicología lo llama regulación; yo lo anoté como mejora del flujo de vida.
Hubo días en rojo:
días de presión alta y lágrimas como rio desbordado,
días en que el duelo por mi madre pesaba como deuda impagable,
días en que la ausencia de mi hija, dolía como activo perdido,
días en que otra citación para mi hijo me hacía sentir nuevamente al borde.
Pero aparecieron pequeñas utilidades:
—una consulta médica a tiempo,
—una noche con latidos tranquilos,
—un examen aprobado en la universidad,
—un “no” dicho sin culpa,
—mi hijo repitiendo con firmeza: quiero estar con mi mamá.
Estudiar psicología se volvió mi acto de legítima defensa.
No para entenderlo a él, sino para entender lo que nos había ocurrido. Descubrí los nombres: estrés postraumático, violencia vicaria, coerción, somatización. Cada concepto era como cuadrar una cuenta antigua.
Entonces pude mirarme sin vergüenza:
no era una mujer frágil,
era una sobreviviente con el cuerpo cobrando facturas.
Este capítulo no habla de venganza.
Habla de contabilidad del cuidado:
de cerrar cuentas incobrables,
de crear provisiones para la salud,
de proteger a un niño del uso judicial excesivo,
de aceptar que hay activos que no regresan
y que, aun así, el balance puede volver a respirar.
Aprendí a registrar también lo bueno:
la medicina tomada a tiempo,
la caminata corta,
la risa de mis hijos,
el pulso que vuelve a su ritmo.
Todavía quedan procesos abiertos, es cierto.
Pero yo ya no era solo la demandada:
era la auditora de mi propia vida.
Mi razón social cambió:
de sobrevivir al miedo
a administrar mi sanación y la protección de mis hijos.
Y por primera vez, el ejercicio comenzó a cerrar con un signo distinto:
esperanza con presión estable, el temor a mi integridad física y la de mi red de apoyo sigue Pero yo no me puedo rendir, mi hijo pequeño aún necesita de mi.
Secretaría de Prensa, Presidencia de la República de El Salvador
Ayudarme por favor 🙏

04/02/2026

LA AUDITORÍA DE UNA MADRE HERIDA: SANAR BAJO EL ASEDIO.
"UNA CRÓNICA DE RESISTENCIA Y VIOLENCIA VICARIA EN EL CORAZÓN DE EL SALVADOR".
AUTOR: TALI. M

CAPÍTULO 5
EL ASEDIO DE LOS APODERADOS
En contabilidad existe una figura llamada cobro hostil.
No importa si la deuda es real o inventada: el objetivo es asfixiar al deudor hasta que firme cualquier cosa.
Así me sentí frente a los abogados de él.
No los conocí como profesionales del derecho, sino como una brigada de presión. Llegaban a las audiencias empoderados de injusticia, llenos de seguridad, hablando un lenguaje que parecía técnico pero que en el fondo era emocionalmente violento. Cada escrito era un nuevo asiento contable diseñado para presentarme como “la deudora”, como la culpable universal.
Me denunciaron por desacato a medidas que yo no había incumplido.
Por supuestos hechos sin fundamento.
Por interpretaciones retorcidas de situaciones cotidianas.
La fiscalía procesaba cada papel, y yo debía presentarme una y otra vez.
Citaciones interminables.
Horas perdidas.
Permisos en el trabajo que se agotaban.
En mis propios libros personales el saldo era claro:
más descuentos salariales,
menos estabilidad laboral,
más miedo.
La psicología explica que el acoso judicial funciona como condicionamiento: repites tantas veces una acusación que el cuerpo termina reaccionando como si fuera verdad. Yo entraba a los juzgados con taquicardia, con la sensación de estar ya condenada antes de hablar.
Me criticaban por no pagar un abogado “de prestigio”.
Yo no tenía ese dinero.
Quien me representaba era alguien de mi red de apoyo, y por eso lo llamaban “antiético”, como si la ética dependiera del precio de los honorarios y no de la verdad.
Mientras tanto, él se presentaba como hombre sin recursos.
Testaferros por todas partes, bienes a nombre de otros, una pobreza cuidadosamente maquillada. En mis clases de psicología aprendí el término: simulación instrumental; en contabilidad lo conocía como ocultamiento de patrimonio.
Su mundo funcionaba por favores:
vehículos reparados gratis,
amistades convenientes,
una red de camaradería que lo hacía sentirse intocable.
Y en medio de todo, mis hijos.
A mi hijo le compraba instrumentos y juguetes que luego retenía como moneda de cambio: “te los doy si vuelves conmigo”. La psicología lo nombra refuerzo condicionado; yo lo sentía como extorsión afectiva.
En cada audiencia me repetían la palabra “violentadora”.
A mi hija mayor la trataban como si odiara a su padre por capricho, ignorando que ella había crecido viendo lo que ocurría en casa. Su testimonio no encajaba en el guion y por eso intentaban deslegitimarlo.
El asedio no se quedó en los papeles.
Comencé a notar carros detenidos cerca de mi casa, movimientos extraños, miradas que me hacían acelerar el paso. No sé si todo era real o si mi sistema nervioso ya estaba programado para esperar peligro; la ansiedad tiene esa habilidad de convertir el mundo en un pasillo judicial permanente.
Vivía con miedo.
Miedo a otra denuncia,
a otra citación,
a otro descuento,
a que me quitaran a mi hijo.
Desde la mirada contable, mi vida era una empresa sometida a auditorías abusivas.
Desde la psicología, era una mujer en estado de hipervigilancia.
Entendí que el objetivo no era ganar un proceso, sino agotarme.
Que firmara.
Que cediera.
Que desapareciera.
Pero algo empezó a moverse dentro de mí:
si ellos usaban el derecho como arma,
yo aprendería a usar el conocimiento como escudo.
Este capítulo no trata de tribunales.
Trata del precio emocional del litigio cuando se convierte en persecución.
Y de cómo una madre sin recursos económicos tuvo que aprender a defenderse con lo único que le quedaba: su verdad, su estudio y su resistencia.

Secretaría de Prensa, Presidencia de la República de El Salvador

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