03/11/2021
Dime cómo vistes y te diré quién eres
La forma en que vestimos tiene que ver mucho con nuestra vida. De hecho, cuando vemos la vestimenta de una persona, podemos sacar conclusiones.
Por ejemplo:
Un hombre con kipá y túnicas, nos hace pensar inmediatamente en una religión, una nacionalidad, una cultura, una manera de vivir.
Un hombre con camisa ajustada y muchos músculos nos hace pensar que es fisicoculturista.
Dos hombres con chaquetas muy gruesas, guantes, bufandas y gorros de lana, zapatos de escalar, nos permiten saber cuál es su deporte.
Un hombre con camisa a cuadros y sombrero tejano nos hace pensar en un vaquero.
Precisamente, de esto queremos hablar, de nuestras vestiduras. Tenemos que despojarnos del viejo hombre y estar revestidos del nuevo. La primera recomendación que el apóstol Pablo hace a los colosenses, en cuanto a este tema es: ¡no se mientan los unos a los otros! Es algo que se debe practicar con dedicación. Luego aclara, que nos hemos despojado del viejo hombre; refiriéndose a Adán, a la naturaleza de pecado, al que nació en la carne hace muchos años, los años que cada uno de nosotros tenemos; pero que, únicamente por la obra del Padre, que realizó por medio de Cristo, podemos despojarnos y entender, que no debemos seguir manifestando esa naturaleza de Adán.
La Escritura compara la naturaleza de Adán, con un ropaje, con una vestimenta sucia, olorosa y andrajosa. Es como un vestido viejo, con agujeros por todos lados y nada agradable a los ojos. Ese ropaje, son los hechos y acciones del viejo hombre, de la vieja naturaleza, como resultado de vivir sin Dios desde el momento en que nacimos. El vestido del viejo hombre, puede consistir en muchas cosas, de las cuales tenemos que despojarnos.
No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno,
Colosenses 3:9-10
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Dios te Bendiga